Thursday, September 10, 2009


HE NAUFRAGADO LEJOS DEL MAR

I
No puede el animo retratar
y ser muy fiel


los altibajos (como la desconfianza)
calan hondo

las formulas del tener, del dominar

no son siempre las mismas,

porque a veces te tengo y me dominas

y a veces te domino y me tienes

en una aritmetica tan rara

que no resiste los embates

del acercamiento cotidiano
Y sin embargo...


He naufragado lejos del mar.



II

Las estrellas han llenado mi vida de lecturas

y el tarot anuncia lo que siempre he sabido

ya han sido tantas los comienzos

que solo el norte sigue en la trayectoria de mi viaje

ni los arboles y sus raices tiene tanto arraigo


como mi piel a tu piel

ni la suerte esta tan apegada


al que duele de amores

como mis huesos a la frontera de tu ser

Y en el desierto que quema,

O en el espejismo que confunde...

he naufrado lejos del mar.




Dos mundos

misiva timida
carta apenas esbozada
palabras a medio pronunciar
costumbres y rituales
que han goteado el zumo de la vida
que han henchido
lo mundano
que se han vestido
del valor de estar alli
en la penumbra,
los esbozos
las rutinas
los enconos
los remansos
las batallas
los des
y los encantos
carta sabida
leida
intuida
anhelada
transparente
tu mundo apenas se roza con mi mundo.

Tuesday, August 18, 2009

La triste historia de un ranchero enamorado

Todo fue que empezó a beber. Yo le decía que eso no nos iba a dejar nada bueno, pero por un lado le entraba y por otro le salía y diario llegaba como campeón de borracho; decía que era por que le invitaban los clientes y ni modo de decir que no y además en ése ambiente sentimentalón, pues se le antojaba echarse una que otra copita ¿ no? Yo para mis adentros pensaba que se jodía de lo lindo, que se sobaba el lomo como los meros buenos, así que era justo le diera rienda suelta al cuerpo !pus que caray! ¿no? Pero hubieran visto antes, cuando rodábamos por la provincia, todos me lo chuleaban, y que si era el sucesor de Javier y de Pedrito, que ya ven que hace falta alguien que venga a llenar el hueco que dejaron o por lo menos para que en la televisión ya le cambien­ en Los Inmortales del Cine Nacional, decían en broma los cuadernos ¿ve?

Si, ya me lo empezaban a conocer, como que cantaba como los merititos ángeles de Puebla ¿eh, qué tal?

Y no crea usted que son chorizos, hasta me lo venían a buscar para que cantara en fiestas y serenatas y uno que otro festival en la provincia. Como ésa vez que le atizaron unos guitarrazos quesque por que resultó que el que lo contrató era el meritito detalle de la señito a la que se le estaba cantando y !hubieran visto! al rato que llega el pinche marido con un trío y !la que se arma! que saca tremenda pistolota y al primero que encañona ¿a que no adivina? pues si, al meritito Jorge Solís que así era como se llamaba, así había decidido llamarse quesque por que él era el sucesor de todos los charros cantores habidos y por haber, por ahí tengo un recorte con ése nombre, aluego se lo enseño pa´que se dé un ligero quemón; la verdad es que le quedaba bonito y por ahí anduvo rodando con ése nombre unos años, dos para ser exactos; bueno ¿en que nos quedamos? !ah, si! pues como le iba diciendo: que lo encañona con tremenda pistolota y cuando todos los charros que lo acompañaban hicieron lo que tenían que hacer, tomando en cuenta, no solo que era un compañero charro, sino que, además, era el que conseguía la chamba y el dinero con su creciente fama de cantante, es decir, cuando pusieron pies en polvorosa y corrieron como liebres asustadas, desperdigándose por las calles más cercanas, él, ahí, como todo buen charro que se respete, se quedó a ver de qué cuero salían mas correas, solo que de repente, !cuas! el marido que me lo descuenta con una de las guitarras, sorrajándosela en plena carita de ángel que tenía; cuando yo me acerqué para ayudarlo, pude ver la tremebunda rajada que tenía mi Jorgito, digo mi Melquiades, que así era como en realidad se llamaba y solamente yo sabía, como una especie de Luisa Lein, la del Supermán; bueno, pues que le veo la herida en la frente por donde chorreaba sangre como de la llave del agua y ¿quécreustequehice? ¿eh? pues ahí mismo que suelto tremebundo alarido como lo pegan las heroínas cuando van a fusilar a sus galanes en las películas y ¿quecrequepasó? pues el señor que estaba con la guitarra en todo lo alto para soltar el segundo zambombazo, que se queda como paralizado y yo, ni tarda ni perezosa, que le suelto otro de mis mejores alaridos, un !nooooo! así todo desgarrado y largo largo, tantito que me quería yo pulir y tantito que me nacía, pues por ése tiempo andaba yo arrastrando el gabán por mi Melquiades, así como lo oye; bueno, pues ésa noche el Melquia y yo nos quisimos como nunca y nos fuimos a festejarla en grande ya que se aclaró que nosotros y, sobre todo, mi Melquiades, solo habíamos sido contratados y que el señor que iba a pagar, ya había puesto muchas calles de por medio; y así, con toda la carita como camote nos quisimos de a puritito devis.

Ese tiempo era buena época, estaba ganando su buen dinero y aunque llegaba casi afónico por las madrugadas, decía que le gustaba un resto andar en eso de la cantada, que lo buscaban mucho para que cantara; fue también por ése tiempo que se mandó hacer un traje de charro, ése que está colgado ahí, ése merito, el azul rey ¿verdad que está de peluches? bueno, pues debiera de haberlo visto, hasta se compró una pistola para completar la imagen !que porte carajo! parece que todavía lo veo salir por la puerta cuando se iba camellarle a Garibaldi: se colocaba su moño rojo con puntos blancos y ése ornato, que, aunque es de acero inoxidable, le sentaba que ni mandado hacer y ora pues, a darle. De repente yo le caía por ahí, por Santa Cecilia, por El Tenampa o por cualquiera de las calles de ése rumbo; ahí lo veía correteando coches paver si contrataba turistas ya fueran de aquí o del otro laredo, les prometía muchas canciones de ésas bonitas y de moda ¿se acuerda de De qué manera te olvido? pues mi Melquia se la reventaba mucho mejor que el Chente ¿eh, qué tal? y ahí tiene a la bola de borrachos bien gises gritando que igualito que el Chente ¿eh? y suelta y suelta los devaluados pesos !ah! porque para eso, no hay como los de aquí !pues claro! como que a éstos les calan macizo las canciones, éstos chupan a morir y piden más canciones de ésas de mucho amor, de ésas que te desgarran el corazoncito tirano como dice Amalia; y ahí tienes a mi Melquia cante que cante y !claro! tenía que llegar. Un buen día, un señor lo escuchó cantar ahí mismo, en la calle , como en la película ésa de Ranchero a Millonario III, ¿se acuerda usted? esa donde un productor de discos escucha cantar al héroe y en un abrir y cerrar de ojos lo hace estrella del cine nacional y al final todos felices y contentos ¿ya se acordó?. Si, que lo escucha y ¿a que no adivina? !claro que sí! nada menos que un disco de prueba para ofrecérselo a las disqueras y quién quita ¿no? ¿cómo la ve disdeahí? ¿verdad que increíble?. Si le digo que nos estaba sucediendo como en las películas; luego luego le llovieron cantidad de ofertas de toda clase: le salieron amigos hasta de las coladeras, todos los mariachis de Garibaldi y sus alrededores se lo querían piratear nomás se enteraron que alguien lo había ofertado de ésa manera, pero él que nel, él se mantuvo fiel al mariachi que había creído en él, que no se fueran a crear una imagen falsa de su calidad humana, él mismo lo dijo; claro, esto de la calidad humana se lo fusiló del buenazo de Pedrito Infante que para esto se pintaba solo, se acordará como se apuntaba un hit cada que salía en los periódicos regalando algo a un bolero o besando alguna venerable anciana ¿verdad? bueno, pues más o menos ésa era la situación que teníamos por ése entonces, claro que todas las ofertas eran modestas, pero por algo se empieza !que caray! ¿no? Decía que todo lo que tenía que hacer era ponerse a trabajar como los meros buenos, que lo demás vendría solito, así que le iba a camellar donde le dijeran, desde pachangas familiares hasta mítines del pri !lo hubieran visto! !cómo lo aplaudían! con decirle que una vez, un fulano nos dijo que debíamos gastar un dineral en paleros y gritones paque le aplaudieran y !oiga usted! que se me hincha el pecho de orgullo cuando le contesté que nel, que de donde jodidos íbamos a sacar dinero, si apenas sacábamos pa medio comer, medio vestir ¿eh? de todos modos el sujeto ése no se fue muy convencido ¿verdad? pero imagínese si no cantaba a todo dar mi Melquiaditas.

Esa canción que le digo, De qué Manera te Olvido, mi Melquia la cantó mucho antes que el Chente, mucho antes y mucho mejor, prácticamente él la dio a conocer, solo que ya ve usted como son las cosas aquí en México lindo y querido !claro! llega el otro cabrón ya con más fama, la canta y ¿qué pasa? que se olvidan del que la trajo por ahí dándola a conocer; bueno, qué le va uno hacer ¿verdad? pero bien que la cantaba el canijo....... verás que no he cambiado, estoy enamorado, tal vez igual que ayer, quizás te comentaron, ayayayay, ora nomás se viste cualquier cabrón de charro y ya dicen que es cantante, sólo porque tiene algún familiar que es o fue artista o porque tiene una hermana que anda dando lo que usted está pensando a alguien relacionado con eso de la cantada, alguien que tenga chance en la radio o en la telera, pos así hasta mi abuelita ¿no? deberían de ponerse a camellarle duro y tendido como mi Melquiades, irse a talonearle a los camiones o al metro, de perdiz a las cantinas a consecuentar a una bola de pinches borrachos o cuando menos a unos de ésos dizque festivales que hacen en los pueblitos, ¿a ver? que digan ¿quién de todos ésos dizque cantantes se ha aventado una rola de ésas? ¿eh, a ver?

Pero ya le digo, nomás de acordarme hasta suspiro. Empezó a llegar borracho casi a diario !carajo!, llegaba por ahí de las cinco seis de la madrugada hasta el gorro de tomado y todavía vestido de charro cantor, lo recuerdo como en un sueño: tambaleándose, cojiéndose de las paredes del condominio, tarareando una canción de moda, El tiempo pasa, y no te puedo olvidar, te traigo en mi pensamiento constante mi amooooor, y así todas las pinchurrientas noches; eso sí, era rete cariñoso conmigo, no faltaba noche que no me trajera algo, pero principalmente mis pescaditos fritos o mis pistaches, parece que lo veo ahí, en el centro del cuarto, sacando del estuche de la guitarra el paquete de pescados que luego me traía hasta la cama donde siempre me encontraba esperándolo, no me vausteacrer, pero me chutaba toda la programación de la tele y otro poco más, sentada aquí, pensando en su llegada, imaginando que cada carro que escuchaba era donde venía él; bueno, pues llegaba y me daba mi beso después de entregarme mis golosinas, yo le contaba lo del día mientras él se desvestía, luego se metía en la cama y a dormir como bendito hasta otro día.

Por las mañanas nos salíamos a pasear por ahí, !lo hubiera visto! cariñoso como ninguno, nos gustaba ir por La Marquesa o por Chapultepec, las lanchas y no sé qué tantas cosas más, el chiste era que queríamos pasa el tiempo juntos ¿vé? luego regresábamos a prepararnos otra vez. Por ése tiempo quisimos tener un hijo, pero quién sabe por qué Diosito nos lo negó, ya ve usted cómo son ésas cosas ¿no? pero la verdad es que nos dolió rete macizo, luego hasta yo le entraba reduro al Don Pedro y al bacachí y nos poníamos como campeones los dos hasta que terminábamos chillando a moco tendido y cantando puras de mucho dolor ¿no quiere un trago? ¿no? bueno, entons compermisito ¿ya vé? ya hasta me estoy poniendo sentimental, por eso no me gusta acordarme de ésos tiempos.

Bueno, puse fíjese que un buen día, mejor dicho una mala madrugada, que me lo traen todo adolorido, que le dolía aquí, que le dolía mas acá, bueno, pus que me pone el susto del siglo cuando lo vi así, todo desencajado y maltratado, sin poder sostenerse sólo; él como que quiso disimular la cosa, como que no le daba importancia para que no me preocupara ¿vé? pero yo lueguito me di cuenta, hasta se me hace un nudo en la garganta nomás de acordarme de la dignidá de mi Melquia !pérese! orita me lo deshago, con su permiso ¿eh? estas pinches lagrimas que no me dejan, pero es que se siente recanelo recordar éstas cosas ¿usted comprende, no? déjeme subirle al radio un poco, ésa es de las que entonaba Melquia...... ya está; pus sí, como le iba diciendo, su dolor estaba aquí, a un ladito del estómago, aquí mero, además de un resto de moretones que parecía leopardo y ¿qué cree usted? rapidito que nos lo llevamos pal hospital y al tercer día que palma mi Melquia ¿que qué es eso? ¿cual? !ah, si! pus que se muere ¿pasusteacrereso? ¿cómo era posible? me decía yo desesperada, no podía creerlo, sufrí mucho.

Me lo contaron conforme estuvimos en el hospital primero y luego durante el velorio y el entierro: cuando vio que se acercaba un auto, de ésos todos pirrurris, corrió como siempre a ofrecerle sus canciones, solo que.... en ésos momentos que le entra el desgraciado dolor y se cae hacía adelante, justo a donde venía el coche y que me lo bota por allá todo descuadernado y lastimado y, para el colmo, en el hospital que lo atienden de los moretones y no del dolor.... ¿cómo era que a mí me pasaran éstas cosas? si le digo que hasta queríamos encargar un hijo, perdóneme, pero ahora sí chillo ¿no le digo que son que son injusticias? lo mismito que a los charros cantores de Mexiquito lindo y querido, sólo que ésos lo tenían todo: fama, dinero y mujeres, todo ¿vé usted? y mi Melquia nada ¿me creerá usted si le digo que tengo como un año de andar mendingando algo de dinero al pinchurriento sindicato donde estaba afiliado !claro! como el todavía no era una estrella del canal de las estrellas que se chingue ¿no? !ah, pero eso sí! en vida, cáigase con su cuota ¿no? ¿qué dice? ¿que ya no haga recuerdos? pero si es lo único que me queda de él ¿que me hacen sufrir? !pus claro que me hacen sufrir! si yo lo quería de verdá! ¿pus que se ha creído usted? ultimadamente, pus me gusta sufrir ¿y qué? además ¿a usted qué jodidos le importa? yo no sé porqué le conté éstas cosas íntimas, pinche metiche !sáquese de mi casa! !órale! antes de que le sorraje con la botella, al fin que ya sólo queda paun buche !pírese, pero ya!

trevi 95

Bienvenido


A las tres y media de la tarde, las bocinas del Cine Colonial abren el silencio poniendo fin a la sobremesa y a la siesta de mediodía tocando festivamente la Marcha de Zacatecas. Se anuncia la función doble con excepcional programa de cine mexicano y después inicia el concierto del pueblo con “Me caí de la nube en que andaba...” y se siguen sucesivamente “El rey”, “Valentín de la Sierra” , “Albur de amor” y una serie de melodías del género ranchero y norteño. A las cuatro de la tarde, nuevamente con la Marcha de Zacatecas empieza la función vespertina que termina a las siete de la noche y de nueva cuenta empieza el desfile musical para la función de las ocho. Así repetidamente todos los domingos, martes, jueves viernes y sábados de cada semana, durante los cuales se incorporan los nuevos éxitos del momento al acervo musical de Colotlán. Por las mañanas, los amigos, los que ya usan botas y sombrero invitan a escuchar “El nuevo cariñito”, “La loba catrina” o “El cerillaso” esta última de los Tremendos Gavilanes Juan y Salomón. En la noche, las amigas preguntan si ya escuchaste la canción de los Terrícolas “El plebeyo” o la del “Reloj” con los Pasteles Verdes y por supuesto “Esa rosa roja” de Juan Gabriel. En medio de todo esto, en el verano de 1975 aparecen tres cassettes junto con una grabadora en manos del primo Carlos. Con los tres botones de la grabadora de pilas, play, forward y record, Fabio, Carlos y el que esto escribe, descubrimos a los Beatles, el mejor grupo del mundo según fuimos informados, mejores cantantes, mejor guitarrista, mejor baterista y mejor bajista, pero independientemente de esto, lo que sí pudimos experimentar fue que tenían el mejor ritmo que hubiéramos escuchado... y sentido... Love love me do, you know I love you..., Please please me oh yeah like I please you ..., Came on baby drive my car.... y en ese entonces no sólo fueron los mejores sino los únicos para nosotros.
A partir de ese verano quedamos marcados por el rock & roll, pasamos a formar parte de una isla desierta en la que nadie compartía nuestra afición musical. Empezamos a conseguir fuera de Colotlán más música de los Beatles, nos la ingeniamos para conseguir las entonces modernas radiograbadoras SONY y buscamos la manera de conectarlas al tocadiscos de las inmensas consolas de madera y así reprodujimos casi la colección completa de los discos disponibles en México. Nos juntábamos a escuchar los cassettes y fuimos asimilando cada uno de los álbumes; Los Beatles, A hard day’s night, El Álbum Azul, El Álbum Rojo, El Álbum Blanco, Let it be, Abbey Road, Help, Rubber Soul, Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band, Magical Mystery Tour y muchos más. Aunque desfasados, evolucionamos siguiendo la producción cronológica del grupo, nosotros mismos cambiamos con cada nuevo disco que conseguíamos, así pasamos de los rocanroles clásicos como “Twist y gritos” y al “Compás de Bethoven”, a las baladas “Ayer, “Hey Jude” y “Déjalo ser”, a las rítmicas “Regresa” y “Regreso a la URSS”, recorriendo a través de las psicodélicas “Lucy en el cielo de diamantes” y Un día en la vida”, llegando a los blues “No me abandones” y “Oh querida” para terminar con el rock pesado de “La banda de los corazones solitarios del sargento Pimienta”, “Cumpleaños” y “Con Prisa (Helter-skelter)”.
De esta forma nos integramos a los seguidores de John Lennon, Paul McCartney, George Harrison y Ringo Star y al mismo tiempo que tomamos partido por la creatividad, la rebeldía y libertad de Lennon, salí de Colotlán a la edad de quince años para ingresar a la preparatoria en la ciudad de Zacatecas, esto es, en septiembre de 1976. En este nuevo mundo, la búsqueda de más obras de los Beatles me sorprendió con la existencia de un universo musical enraizado en el rock & roll y de buenas a primeras me encontré escuchando a Los Doors, Los Rolling Stones, Pink Floyd, Deep Purple, Queen y a Led Zeppelin. Mis primos que eran menores que yo me alcanzaron más tarde en Zacatecas y así fuimos deleitando nuestro gusto con Rhythm & Blues, Rock & Roll, Folk, Heavy Metal, Progresivo, Blues, New Age, Jazz y toda una gran variedad de música proveniente de la influencia de los Beatles. Este gusto me ha acompañado por veinte años, a través de los cuales no he dejado de escuchar a los Beatles, por eso cuando ahora mi hijo de ocho años me pregunta que si tengo una canción que dice; “She loves you yeah yeah yeah”, me da gusto decir bienvenido, John Lennon.
Morralito

Los riesgos de existir

¿Para que tanto brinco estando el suelo tan parejo? Eso pudiera decir sin mayores rodeos o rebuscamientos, siendo lo más directo posible para no andarme entre las ramas. Ser una posibilidad entre tantas, un rostro que nos observa al otro extremo del camión,un traje, una corbata o de plano uno mas entre esa multitud que se dirige a casa al caer la noche.Pero no es posible al menos para mí y las preguntas llegan inevitablemente. ¿Que encierra la vida en ese cosquilleo que nos lleva de un lado para otro buscando, probando?. A veces cuando el humo de la conciencia se disipa despertamos terriblemente agobiados por la incertidumbre y nos damos cuenta que eso es la vida o por lo menos la vida que estamos acostumbrados a vivir. Y entonces una sensación que emerge desde lo más profundo de nuestra conciencia se convierte en rabia para culpar a quienes no nos han enseñado a vivir de la manera correcta, y es entonces que toda la ira y frustracíon se apaciguan en un solo pensamiento,estamos condenados a vivir bajo nuestra cuenta y riesgo, a ser distintos cada instante, a buscar por nosotros mismos nuestro mejor acomodo en el mundo.¿Es todo? ¿ No existe nada más que la vaciedad, la rutina y la costumbre?¡ No¡ al menos no lo creo y de vez en vez esta certeza vuelve a dar señales de vida; como esa noche que a duras penas distinguiamos nuestras caras, y que pudimos mirarnos a los ojos, y es que lo verdaderamente importante se encuentra dentro de nosotros, y somos nosotros mismos los que lo alimentamos o lo dejamos morir. Cada cosa y cada instante de nuestras vidas es una puerta abierta hacia un mundo diferente. Pero también me doy cuenta cuan débiles son nuestros deseos y que frágil nuestra voluntad. Ambas cosas son capaces de tranformarnos y de tranformar al mundo, si al menos les dieramos la oportunidad. estas son palabras que se fueron formando cuando en otra noche que me senté frente a la máquina solo pude ver tu recuerdo y se abrieron paso estos pensamientos, perdidos entre las cosas del mundo que ocupan nuestra cabeza y que ponen la venda que nos impide mirar el cielo . la noche y cuando es posible las estrellas.
Hawkmoon

Friday, January 23, 2009

La huida



Pedro iba empapado de sudor, trepando por el peñasco, escondiéndose de los rurales que lo perseguían y que eran reteligeritos para jalarle al gatillo, tronando sus mausers y haciendo que las balas pasaran sobre su cabeza zumbando como moscardones. Las manos y los pies le sangraban de tanto raspón y araño que se iba haciendo en la huida, pero Pedro, liviano como si fuera venado, nomás brincaba de una piedra a otra, encorvado para no hacer blanco, a veces arrastrándose igual que lagartija, pegado a la tierra y respirando polvo.


Hace dos días que me subí pa’ la sierra. Dos días y una noche, una noche que fue larga y dolorosa, de puro darle vuelta al entendimiento, de estar jalonando los pensamientos que se arrempujan unos a otros, nomás haciéndose bolas. Y todo pa’ qué, sí ya no tenía remedio, Aureliano estaba bien difunto, todito muerto. Si no lo supiera yo que lo dejé tirao en medio del barbecho, con el gaznate rajao de orilla a orilla. Y es que se lo había ganao, me había querido sacar provecho, enredándome las cuentas y volviendo ceniza mis tierras.
El sol estaba colgado de lo mero alto del cielo pelón, sin una nube de consuelo siquiera, calando duro en la espalda de Pedro, que ahí iba avanza y avanza, escabuyéndose de la mirada de los rurales, tratando de alcanzar la ladera de la barranca para meterse entre el robledal y las manzanillas, donde ya no pudieran andar los caballos de sus perseguidores. Le faltaba un suspiro para llegar a la orilla de la arboleda, pero se le hacía largo largo el tramo, como los surcos del barbecho que recorría agachado, de punta a punta y a los cuales no se les ve la orilla de tanto que reverbera el sol, pero que siempre terminan. Eso le daba ánimos a Pedro, la esperanza de que la persecución también tenía que terminar en la punta de la arboleda, donde ya tendría todas las ventajas y podía ganar para diferentes lados, dejando a los rurales sembrados en la barranca, queriendo olerle el rumbo, queriendo adivinarle el pensamiento para adelantarse y cortarle el camino.

El asunto me había enmuinao, pero yo me dije, esto debe tener una explicación y me arrendé pa’ onde Aureliano. Cuando llegué con él le dije mis pareceres, pero me respondió que yo andaba errao y que ya no había vuelta de hoja, que él tenía los papeles firmados y que ora esas tierras eran suyas. Yo le dije que las cosas no se arreglaban dese modo, quiba a solventarle la deuda realizando unos animalitos, pero que eso requiere su tiempo. Total que el Aureliano me mandó a la fregada, y de a dos veces, porque me tiro a loco y se robó mis tierras. Entonces yo me dije, pues nos vamos Aureliano y antes que se diera cuenta que lo prendo con la rozadera y le abro el pescuezo.

Era bien de madrugada cuando lo despertó el golpeteo de los cascos de los caballos, Pedro estaba encogido y cobijado con el gabán, acurrucado en una hondonada del arroyo. Abrió los ojos y divisó una uñita de sol apenas, colorada como tizón ardiendo, que desparramaba su luz sobre el cielo y que iba calentando las gotas de rocío regadas sobre las hierbas. Oyó que los caballos venían al paso, y muy despacito se asomó por encima del cauce del arroyo, vio dos rurales que avanzaban en fila y que iban a pasar unos cincuenta metros más abajo de donde él estaba y todavía más allá de éstos alcanzó a divisar otros tres rurales que andaban al parejo, separados entre sí unos diez metros. Se despojó del gabán y se echó a andar pegado a la barranca del arroyo, teniendo cuidado en cada paso para no hacer ruido. Volteó para atrás y vio a contra luz la silueta de un rural que se estiraba sobre los estribos, buscando con la vista en el horizonte, cubriéndose del reflejo del sol con la mano, mientras que con la otra sostenía la rienda y el fusil. Pedro apresuró el paso y empezó a brincar sobre las piedras del arroyo, oyendo como los caballos tomaban el rumbo contrario.

Fui a la casa y eché en un morral algo de comida y un guaje con agua, tomé la pistola y la metí entre el cinturón. Margarito llegó corriendo a avisarme que ya habían mandado llamar a los rurales y que lo mejor era que me pelara. Entré al corral y subí a la barda, salté y caí en medio del callejón, después agarré rumbo a la Cofradía con la idea de alcanzar la Sierrita y de ahí bajarme a Bartolo, onde me estaría quieto un tiempecito, pa’ ver que color agarraban las cosas.
Por ahí del mediodía Pedro oyó el primer tronido de los mausers y vio como se levantaba una polvareda a sus pies. Se tiró al suelo y volteó a ver de dónde venía el disparo, alcanzó a ver la nubecita de humo que se levantaba atrás de una loma y escuchó el galope de los caballos. Se enderezó y corrió hacia el cerro, por el lado de los peñascos. Lo acicateó una nube de abejorros calientes que iban levantando tierra y destrozando piedras a su alrededor. Llegó a la ladera y empezó a trepar, ocultándose entre las piedras.

Cuando iba por la laguna me topé con una partida de rurales que caminaban formaos en abanico, cerrando el paso hacía la Sierrita, seguro también habían tapado las salidas de las Lajas y de Pacheco, no dejándome otra que cruzar por el potrero pelón de El Alto, de ahí me fui hasta la cañada onde me agarró la noche, ya estaba envarado de tanto caminar y correr así que me tiré junto al arroyo a tragar unas tortillas. Allí me quede dormido.
Pedro oyó los caballos cada vez más cerca y sacó la pistola, se asomó y agarró el arma con las dos manos, se apoyó en una piedra e hizo fuego. Los primeros dos tiros le pegaron en el pecho al caballo que venía hasta adelante, derribándolo de bruces y haciendo que el rural saliera lanzado por el aire. Continuó disparando a los demás que trataban de esconderse en medio de la polvareda que habían levantado al rayar los caballos. Acabó la carga de la pistola sin haber acertado a ningún otro de sus perseguidores, pero logrando detenerlos.

Me les pelé a los rurales que venían barriendo la cañada, pero sólo por una rato, parece que tienen olfato de perro. Me alcanzaron aquí en el peñasco y le empezaron a atizarle a la lumbre, en la refriega tumbé uno pero se me acabaron las balas. Ellos todavía están acurrucados detrás de las piedras allá abajo, esperando que enseñe el cuerpo. Si paso el peñasco, el cerro me tapará la espalda mientras me hago hasta el robledal y de ahí me les vuelvo humo.
En boca de otro ...

Pedro llegó a lo alto del peñasco y saltó hacía el otro lado, cayó y se fue rodando hasta que quedó medio sentado, recargado en una piedra. Se iba a levantar cuando oyó el siseo, volteó hacia su derecha y vio la serrana junto a su pierna, con la cola levantada y agitando el cascabel, encogida y lista para asestar la mordida. De la ladera donde se encontraban los rurales no se escuchaba nada y el siseo crecía, la víbora inmóvil, con cabeza como punta de lanza sólo lengüeteaba. Pedro sentía el sudor que le bajaba en arroyos por el cuerpo, tenía la boca reseca y se sentía mareado. La víbora se arrastró lentamente y Pedro recordó la sangre de Aureliano deslizándose entre los terrones de los surcos, brillando de tan roja. Soltó el aliento que tenía contenido, provocando que el animal se pusiera alerta y meciera nuevamente la sarta de anillos del cascabel. Miró el cielo con su gran mancha amarilla que lo apachurraba todo contra el peñasco y luego miró a la víbora, con sus manchas como las manchas de los montes de la sierra. Tanteó la distancia entre la serrana y su pierna para ver si podía quitarla antes de que lo mordiera el animal, pero sabía que éste volvería a lanzarse como un resorte, alcanzándolo irremediablemente. También sabía que allá del otro lado del peñasco, los rurales se acercaban. Entonces cayó en cuenta de que la única oportunidad que tenía, era tratar de agarrarla antes de que llegara a la pierna. Jaló aire despacito, como si fuera el último y no quisiera acabárselo, cerró los ojos e imaginó la noche cobijándolo con una piel de mujer morena, con olor a agua de río, luego los abrió y sacudió la pierna al mismo tiempo que estiraba el brazo. La víbora se lanzó con el hocico abierto, soltando hilos de baba. Pedro se estremeció y sintió que se le vaciaban las venas, abrió los dedos como si fueran garras de gavilán y después los cerró bruscamente sobre la serrana, hundiéndolos en la carne, el animal chicoteó y trató de enredársele en el brazo, pero le azotó la cabeza contra las piedras hasta que se aflojó todita quedando colgada de su mano. Pedro sintió que otra vez estaba pisando la tierra, que sus pulmones seguían hinchándose con el aire del campo y que el sudor de su cuerpo se secaba bajo ese sol inmenso. Agarró la víbora con las dos manos y la alzó sobre su cabeza para mostrarla a la serranía.

En ese momento, bajo un cielo azúl profundo, lleno de luz, Pedro sintió una mordida, la de dos balas calientes que le destrozaban la espalda.
Moralito

El Palomo



El primer día de vacaciones nos fuimos el Fidel, la Gata y yo al arroyo del salitrillo para buscar por ese rumbo un buen mezquite. Nos hicimos acompañar de un hacha de mano y un pequeño serrucho. Andábamos tras una rama que tuviera el ancho de las piernas de doña Imelda, la que vende los duritos afuera de la escuela. Nos fuimos por el callejón hasta la huerta de los membrillos, brincamos la barda y cruzamos hasta alcanzar la vereda que sube por el cerro de la Santa Cruz. A medio camino oímos las campanadas del reloj de la iglesia avisando que ya eran las once, apuramos el paso y llegamos a nuestro destino. Empezamos a rondar por los mezquites para ver cual podríamos servirnos, nos dividimos y cada uno fue a inspeccionar por su lado. No tardó mucho rato cuando Fidel nos pegó un grito diciendo - ¡Aquí hay una harto buena! – la Gata y yo corrimos hasta donde se encontraba y nos pusimos a contemplar la rama, rechoncha y bien seca, tal como la queríamos. La rama estaba a la mitad del mezquite, Fidel y yo trenzamos los dedos como si fueran estribos y los ofrecimos a la Gata que rápidamente se nos encaramó en los hombros y comenzó a trepar por el tronco del árbol. Llego a la rama y se montó sobre ella. Le aventamos el hacha y sin decir agua va empezó a sonarle. Así estuvo buen rato, dándose sus tiempecitos para que no se le cansara el brazo. Cuando la rama ya solo le quedaba un pescuecito, la Gata se enderezó y agarrándose de otras ramas se meció sobre nuestro pedazo de madera hasta que lo desprendió del árbol y cayó frente a nosotros. La Gata se colgó de una rama y pegó un brinco hasta el suelo. Entonces los tres le arrancamos las pequeñas ramas que tenia y con el serrucho le emparejamos los cortes dejando un palo como de una brazada. Tomamos nuestra preciada carga y nos regresamos al pueblo.

Por la tarde, después de comer nos juntamos en la casa de Fidel, que se había quedado con la rama y nos fuimos a ver a don Diego. Llegamos y azotamos tres veces la gran aldaba negra de la puerta. Pasó un rato y luego asomo su blanca cabeza por entre las dos grandes hojas del portón y con un “Siiiii…” estirado como mugido, nos pregunto el motivo de nuestra visita. Sin esperar mas le mostramos el trozo de rama y le dijimos --¡Pa’unos trompos! – Don Diego abrió el portón y sacudiendo la cabeza nos invito a pasar. Nos fuimos derecho a la carpintería y nos instalamos alrededor del torno. Don Diego se puso el mandil de cuero y tomo el trozó de madera, con una garlopa le quito la corteza y lo emparejó quitando los bordos que sobresalían, y luego con la sierra corto un pedazo como de dos cuartas y lo coloco en el torno. Puso un buril y empezó a pedalear haciendo que el palo diera vueltas rápidamente, entonces pregunto:
- ¿Y cómo va a ser este tronco?
- ¡Ancho y cabezón!- respondimos los tres al mismo tiempo
- ¡Esos son los buenos! – agregó Don Diego y acerco el buril a la madera.
Ahí nos quedamos viendo como la viruta saltaba de la punta del buril y detrás de éste aparecía un trompo moreno, rayado con las venas del árbol. Don Diego rebién que le arrimaba y retiraba la herramienta haciendo grecas junto a lo que sería la punta, después las del costillar que marcarían la orilla del encordado y terminaba con la cabeza del tronco, que dejaba bajita, justo para que se detuviera la hilaza, pero bien ancha.




Termino el primer tronco y lo guardó en la bolsa de su mandil, y luego repitió los pasos e hizo otro y luego otro. Nosotros esperábamos mientras la nariz se nos llenaba del olor a barniz y a madera, codeándonos unos a otros y dándonos patadas en las espinillas. Hasta que don Diego dijo:
- Ahora las puntas
- ¿No…? – le contestamos luego luego – las puntas no, vamos a ir con el señor Amaya a que se las ponga.
- Ta’ bueno muchachos, ‘tonces esto ya esta listo – dijo don Diego y puso los trompos en nuestras manos.
- Gracias – dijimos todos y el Fidel todavía preguntó - ¿Cuánto le debemos don Diego?
- ¡Ah que muchachos fregaos!, ya me harán algún favor, ahora váyanse que tengo cosas que hacer – rezongó don Diego y agitando las manos nos hecho para fuera como si fuéramos gallinas.
En la calle cada uno guardo su trompo en la bolsa del pantalón y al grito de “vieja el último”, nos echamos a correr al taller de Amaya. Dimos vuelta en la esquina de la talabartería y nos topamos con la Angelina Puentes, y la Gata y Fidel no desaprovecharon la oportunidad para jalarle las trenzas al pasar junto a ella. Seguimos nuestra veloz carrera y solo alcanzamos a escuchar “…babosos…”. A grandes zancadas alcanzamos el barrio alto, la Gata agarró de la playera al Fidel y en eso les tome ventaja y entré a la herrería hecho la raya. El Chava estaba dándole duro con el marro a un fierro que parecía sangre encendida.
Llegaron mis compañeros y estando los tres juntos le pregunté al Chava:
- ¿Está el señor Amaya?
- Anda por allá en el patio de atrás – nos indicó – pásenle a buscarlo.
Esquivando el montón de fierros que había por todos lados nos fuimos por la puerta del fondo “señor Amaya, señor Amaya” entramos gritando en el patio trasero. Ahí nos topamos con él , que nos recibió con un gruñido diciendo:
- ¿Quihubo qué pasó?
- Queremos unas puntas señor Amaya – explicamos
- ¿Puntas de qué? – preguntó extrañado.
- Pos pa’ unos trompos – le respondimos.
- Vamos a ver… - agregó y se fue hacia el cuarto principal del taller. Lo seguimos hasta el banco de trabajo y ahí nos preguntó:
- ¿A ver esos trompos?
Como si estuviéramos compitiendo los sacamos y extendimos la mano hacía el señor Amaya, queriendo que el primer trompo en trabajarse fuera el nuestro. El agarró los tres y los puso en el banco, luego escogió uno y lo sujetó con la prensa. Con el berbiquí le hizo un agujero en la punta y así hizo con cada uno. Después se arrimó a la fragua y con unas grandes tenazas agarró un pedazo de fierro. Lo metió entre los tizones y jalando tres veces la palanca del fuelle, resopló levantando una nube de luciérnagas rojas que brincaron frente a nosotros. Meneó el fierro hasta que éste se puso como ojo de conejo, enseguida lo sacó y con un marro pequeño lo empezó a moldear sobre el yunque. Así hizo tres flechas redondas, con punta de los dos lados, una aguda y la otra mas chata. Las metió a los trompos con unas pinzas y con ligero golpes del marro las llego hasta que coincidió el borde del trompo con la punta gorda. Después las redondeó con una lima y nos dijo:



- Terminado jóvenes, son tres pesos.
Volteamos nuestras bolsas y entre tostones, quintos y veintes completamos la paga al señor Amaya.

Los días pasaban y nosotros los gastábamos jugando partidas de arrendones, la calle preferida era la Paseo, pues tenía un empedrado bien cerradito y estaba forrada de planchitas. Siempre empezábamos a media cuadra. El trompo que durara más tiempo bailando era el que daba primero. Andábamos siempre como los corredores de caballos, a los corredores les ponen pelotas en las bolsas para que sirvan de topes al cincho con que los fajan al caballo, nosotros cargábamos los trompos y los arrendones. En las mañanas, después de almorzar nos pelábamos de las casas, unos por las ventanas otros por las puertas del corral y nos encontrábamos en la Paseo, donde nos quedábamos hasta que el hueco de la panza se nos hacía pesado o hasta que perdíamos los trompos que traíamos para apostar. Siempre apostábamos trompos comprados o ganados, nunca los de Don Diego.

Yo tenía mi arrendón preferido: El palomo. Era ligero y volaba bien parejito, nomás era cosa de que sintiera el trompo pa’ que saliera disparado dando vueltas y cuando se le acababa la fuerza, seguía planeando como si tuviera alas, hasta que aterrizaba. Me tardé como media hora haciéndolo. Me acuerdo que ese día fuimos a la cantina de Ubaldo a que nos dejara agarrar corcholatas de cerveza, de las que tienen papel plateado encima. Salimos con un puño en las manos y nos fuimos a sentar en la banqueta, ahí nos pusimos a quitarle los corchos a la mitad de ellas teniendo cuidado de no romperlo, metiéndoles las uñas suavecito. Enseguida empalmamos los corchos con papel plateado en las otras corcholatas para que cada una tuviera de a dos. Luego me busqué una piedra bola que apenas me cupiera en la mano y en una hendidura de la banqueta puse la corcholata y la empecé a cerrar sobre el corcho, pegándole quedito y dándole vuelta en cada golpe.

Hicimos varios arrendones ese día, pero el mejor fue El Palomo. No siempre jugaba con el Palomo, mas bien lo sacaba cuando el juego se ponía duro, porque sino con tanto fregadazo se le iba a romper el corcho como a todos los demás, así que solo cuando ya me tenían orillado, ya mero pa’ llegar a la esquina o cuando tenia el gane seguro, lo ponía a jugar y si le daba un buen golpe a veces me arrendaba casi media cuadra.


Era retesuave jugar a los arrendones, luego se juntaba la bola y ahí andaba el Cepillo, Manolo, el Tuercas, la Gata, Fidel, Carlitos, los cuates Carrillo, y yo. Jugábamos entre nosotros y a veces con los del Barrio Alto. Ellos jugaban en la Centenario y ahí mero íbamos a echar arrendonazos, otras veces ellos venia a la Paseo y a cada rato había golpes. Fidel era el mas bravo, cuando le tocaba entrarle parecía rehilete tirando guamazos y patadas.

Antes de que terminaran las vacaciones, Fidel ya nos había cortado, ahora se juntaba con las Bastolias que eran mas grandes que nosotros y ahí lo veíamos detrás de ellos pa’ todos lados y a cada rato echando trancazos y su trompo se quedo arrumbado arriba de un ropero.

Se acabaron las vacaciones y entramos a primero de secundaria. A la salida de la escuela nos pintábamos a jugar a la Paseo y a la mitad de la cuadra hacíamos un cerro de mochilas sobre la banqueta y durábamos horas lanzando los trompos, cachándolos y poniéndonos de rodillas para aventarlos a los arrendones. Era bien a todo dar oír los trompos zumbando como jicotes y luego, después de pegarle al arrendon verlos brincar sobre el empedrado como los patitos que hace uno en el río y en la laguna hasta que de rato la bola se iba desmenuzando y cada quien ganaba pa’ su casa.

Tantito después que empezaron las clases se nos apartó la Gata, ahora en vez de jalar con nosotros pa’ la Paseo, se quedaba esperando afuera de la escuela hasta que salían todas las “viejas”, nosotros nunca nos tardábamos tanto, salíamos hechos la mocha a zumbar las cuerdas de los trompos – Que nadie se ponga atrás, ni adelante – decíamos, porque estorban o salen con tremendos chicotazos de la hilasa. Y así, mientras avanzaban los meses de clases, la palomilla se desgranaba y ya solo quedábamos el Tuercas, Carlitos y yo. Los demás ahora estaban mas flacos y andaban todos relamidos y saludándose de mano, con las bolsas limpias, sin trompos ni arrendones. A veces nos pegábamos con ellos pero se la pasaban hablando de la Meche , la Viki, y otras viejas de la escuela, todas igual de creídas.

El tuercas y yo nos habíamos echo los amos de la Paseo y hasta a la Centenario nos íbamos a arrasar, sobretodo con la ayuda del palomo que siempre arreaba bonito. Ahí nos dábamos buenos agarrones con el Calvito, que tenia un trompo zanahorión y que según él, era el mas pajita del mundo. Así fue cuando un día el Calvito nos puso una calentada y nos reto a jugarnos los trompos buenos. Le dijimos que le íbamos a quitar lo hocicón y nos fuimos todos a la Paseo. El Tuercas medio chance de jugarle primero y puse a bailar mi trompo sobre la banqueta, junto con el del Calvito. Nomás zumbaban los trompos, parecían remolinos de viento que se habían quedado quietecitos, agarrados a un pedazo de tierra. La fuerza se les fue terminando y empezaron a menearse como si estuvieran mareados, como si fueran borrachos tratando de enderezarse, hasta que mi trompo se topó con un borde en el suelo y salió revolcándose entre el empedrado. El Calvito escogió tirar pa’ la talabartería porque para ese lado estaba más lleno de planchitas. Puso su arrendón en la “Plataforma” y aventándole el trompo lo voló un buen tramo. Saqué el palomo desde el principio pa’ jugar más seguro. Luego desde donde cayó el Calvito me hice como cinco pasos para atrás pa’ poder usar la “Mulita” , una piedra cacariza y delgadita de la que salían a todo dar los tiros. Le di duro al palomo y este salió volando y se fue contra la pared, donde reboto todavía hacia delante reponiendo el terreno perdido. Así nos la estábamos pasando, caminábamos pa’ un lado de la calle y pal otro hasta que en una de esas caché mal el trompo y lo agarré ya sin fuerzas y no pude darle ya al Palomo. Ahí me tomo ventaja el Calvito con dos arrendonasos que le salieron tendiditos y me dejó como a quince pasos de la esquina. Le volví a sonar al Palomo y se levanto como los aviones de las películas y luego empezó a bajar como si fuera en una resbaladilla de las del parque. El siguiente tiro lo fallo el Calvito y yo lo arremedé. Al siguiente turno se chiripeó el Calvito y que me pone casi en la esquina. Yo ya estaba asustado y batallaba para enredar la cuerda, la apretaba y se me deshacía por la punta. La otra esquina se me afiguraba lejos, como cuando vas nadando a media laguna y apenas se divisa la orilla. El Calvito se reía sintiendo ganado el juego. Sentí que me hacían falta el Fidel y la Gata, que necesitaba sus ánimos. Apreté al Palomo y le pedí dos pasos prestados al Calvito y después monte cuidadosamente el arrendón en el centro de la “Morena”, una planchita que me había sacado de aprietos el resto de veces. Me escupí la mano y lance el trompo dándole vuelta a la muñeca para que se enderezara y antes de que tocara el suelo le jale la cuerda y se vino derecho hacia mi. Puse la mano y al recibirlo la baje tantito para amortiguar y que no perdiera fuerza, lo sentía vivo acariciando mi mano y mientras lo lanzaba, puse una rodilla en el suelo, luego, fijando la vista en el arrendón lo empuje con todas mis fuerzas. El Palomo se trepó en el aire y se levantó como queriendo meterse en el cielo y yo hincado lo miraba brillar como una moneda, sintiendo que el cuerpo se me hacia ligerito. Entonces la escuche decir:

-¿Martín, cuál de las dos es más bonita? – y vi que el Palomo volaba mas alto que las bardas de las casas. Volteé a mirarla y entre los cabellos que me caían sobre la frente vi sus piernas largas, relucientes de morenas, luego voltee a ver la cara sonriente de Isaura y luego la de Macrina y al último, el lugar por donde se había perdido el Palomo, y el trompo de Don Diego, y algo mas.



Moralito