Friday, January 23, 2009

La huida



Pedro iba empapado de sudor, trepando por el peñasco, escondiéndose de los rurales que lo perseguían y que eran reteligeritos para jalarle al gatillo, tronando sus mausers y haciendo que las balas pasaran sobre su cabeza zumbando como moscardones. Las manos y los pies le sangraban de tanto raspón y araño que se iba haciendo en la huida, pero Pedro, liviano como si fuera venado, nomás brincaba de una piedra a otra, encorvado para no hacer blanco, a veces arrastrándose igual que lagartija, pegado a la tierra y respirando polvo.


Hace dos días que me subí pa’ la sierra. Dos días y una noche, una noche que fue larga y dolorosa, de puro darle vuelta al entendimiento, de estar jalonando los pensamientos que se arrempujan unos a otros, nomás haciéndose bolas. Y todo pa’ qué, sí ya no tenía remedio, Aureliano estaba bien difunto, todito muerto. Si no lo supiera yo que lo dejé tirao en medio del barbecho, con el gaznate rajao de orilla a orilla. Y es que se lo había ganao, me había querido sacar provecho, enredándome las cuentas y volviendo ceniza mis tierras.
El sol estaba colgado de lo mero alto del cielo pelón, sin una nube de consuelo siquiera, calando duro en la espalda de Pedro, que ahí iba avanza y avanza, escabuyéndose de la mirada de los rurales, tratando de alcanzar la ladera de la barranca para meterse entre el robledal y las manzanillas, donde ya no pudieran andar los caballos de sus perseguidores. Le faltaba un suspiro para llegar a la orilla de la arboleda, pero se le hacía largo largo el tramo, como los surcos del barbecho que recorría agachado, de punta a punta y a los cuales no se les ve la orilla de tanto que reverbera el sol, pero que siempre terminan. Eso le daba ánimos a Pedro, la esperanza de que la persecución también tenía que terminar en la punta de la arboleda, donde ya tendría todas las ventajas y podía ganar para diferentes lados, dejando a los rurales sembrados en la barranca, queriendo olerle el rumbo, queriendo adivinarle el pensamiento para adelantarse y cortarle el camino.

El asunto me había enmuinao, pero yo me dije, esto debe tener una explicación y me arrendé pa’ onde Aureliano. Cuando llegué con él le dije mis pareceres, pero me respondió que yo andaba errao y que ya no había vuelta de hoja, que él tenía los papeles firmados y que ora esas tierras eran suyas. Yo le dije que las cosas no se arreglaban dese modo, quiba a solventarle la deuda realizando unos animalitos, pero que eso requiere su tiempo. Total que el Aureliano me mandó a la fregada, y de a dos veces, porque me tiro a loco y se robó mis tierras. Entonces yo me dije, pues nos vamos Aureliano y antes que se diera cuenta que lo prendo con la rozadera y le abro el pescuezo.

Era bien de madrugada cuando lo despertó el golpeteo de los cascos de los caballos, Pedro estaba encogido y cobijado con el gabán, acurrucado en una hondonada del arroyo. Abrió los ojos y divisó una uñita de sol apenas, colorada como tizón ardiendo, que desparramaba su luz sobre el cielo y que iba calentando las gotas de rocío regadas sobre las hierbas. Oyó que los caballos venían al paso, y muy despacito se asomó por encima del cauce del arroyo, vio dos rurales que avanzaban en fila y que iban a pasar unos cincuenta metros más abajo de donde él estaba y todavía más allá de éstos alcanzó a divisar otros tres rurales que andaban al parejo, separados entre sí unos diez metros. Se despojó del gabán y se echó a andar pegado a la barranca del arroyo, teniendo cuidado en cada paso para no hacer ruido. Volteó para atrás y vio a contra luz la silueta de un rural que se estiraba sobre los estribos, buscando con la vista en el horizonte, cubriéndose del reflejo del sol con la mano, mientras que con la otra sostenía la rienda y el fusil. Pedro apresuró el paso y empezó a brincar sobre las piedras del arroyo, oyendo como los caballos tomaban el rumbo contrario.

Fui a la casa y eché en un morral algo de comida y un guaje con agua, tomé la pistola y la metí entre el cinturón. Margarito llegó corriendo a avisarme que ya habían mandado llamar a los rurales y que lo mejor era que me pelara. Entré al corral y subí a la barda, salté y caí en medio del callejón, después agarré rumbo a la Cofradía con la idea de alcanzar la Sierrita y de ahí bajarme a Bartolo, onde me estaría quieto un tiempecito, pa’ ver que color agarraban las cosas.
Por ahí del mediodía Pedro oyó el primer tronido de los mausers y vio como se levantaba una polvareda a sus pies. Se tiró al suelo y volteó a ver de dónde venía el disparo, alcanzó a ver la nubecita de humo que se levantaba atrás de una loma y escuchó el galope de los caballos. Se enderezó y corrió hacia el cerro, por el lado de los peñascos. Lo acicateó una nube de abejorros calientes que iban levantando tierra y destrozando piedras a su alrededor. Llegó a la ladera y empezó a trepar, ocultándose entre las piedras.

Cuando iba por la laguna me topé con una partida de rurales que caminaban formaos en abanico, cerrando el paso hacía la Sierrita, seguro también habían tapado las salidas de las Lajas y de Pacheco, no dejándome otra que cruzar por el potrero pelón de El Alto, de ahí me fui hasta la cañada onde me agarró la noche, ya estaba envarado de tanto caminar y correr así que me tiré junto al arroyo a tragar unas tortillas. Allí me quede dormido.
Pedro oyó los caballos cada vez más cerca y sacó la pistola, se asomó y agarró el arma con las dos manos, se apoyó en una piedra e hizo fuego. Los primeros dos tiros le pegaron en el pecho al caballo que venía hasta adelante, derribándolo de bruces y haciendo que el rural saliera lanzado por el aire. Continuó disparando a los demás que trataban de esconderse en medio de la polvareda que habían levantado al rayar los caballos. Acabó la carga de la pistola sin haber acertado a ningún otro de sus perseguidores, pero logrando detenerlos.

Me les pelé a los rurales que venían barriendo la cañada, pero sólo por una rato, parece que tienen olfato de perro. Me alcanzaron aquí en el peñasco y le empezaron a atizarle a la lumbre, en la refriega tumbé uno pero se me acabaron las balas. Ellos todavía están acurrucados detrás de las piedras allá abajo, esperando que enseñe el cuerpo. Si paso el peñasco, el cerro me tapará la espalda mientras me hago hasta el robledal y de ahí me les vuelvo humo.
En boca de otro ...

Pedro llegó a lo alto del peñasco y saltó hacía el otro lado, cayó y se fue rodando hasta que quedó medio sentado, recargado en una piedra. Se iba a levantar cuando oyó el siseo, volteó hacia su derecha y vio la serrana junto a su pierna, con la cola levantada y agitando el cascabel, encogida y lista para asestar la mordida. De la ladera donde se encontraban los rurales no se escuchaba nada y el siseo crecía, la víbora inmóvil, con cabeza como punta de lanza sólo lengüeteaba. Pedro sentía el sudor que le bajaba en arroyos por el cuerpo, tenía la boca reseca y se sentía mareado. La víbora se arrastró lentamente y Pedro recordó la sangre de Aureliano deslizándose entre los terrones de los surcos, brillando de tan roja. Soltó el aliento que tenía contenido, provocando que el animal se pusiera alerta y meciera nuevamente la sarta de anillos del cascabel. Miró el cielo con su gran mancha amarilla que lo apachurraba todo contra el peñasco y luego miró a la víbora, con sus manchas como las manchas de los montes de la sierra. Tanteó la distancia entre la serrana y su pierna para ver si podía quitarla antes de que lo mordiera el animal, pero sabía que éste volvería a lanzarse como un resorte, alcanzándolo irremediablemente. También sabía que allá del otro lado del peñasco, los rurales se acercaban. Entonces cayó en cuenta de que la única oportunidad que tenía, era tratar de agarrarla antes de que llegara a la pierna. Jaló aire despacito, como si fuera el último y no quisiera acabárselo, cerró los ojos e imaginó la noche cobijándolo con una piel de mujer morena, con olor a agua de río, luego los abrió y sacudió la pierna al mismo tiempo que estiraba el brazo. La víbora se lanzó con el hocico abierto, soltando hilos de baba. Pedro se estremeció y sintió que se le vaciaban las venas, abrió los dedos como si fueran garras de gavilán y después los cerró bruscamente sobre la serrana, hundiéndolos en la carne, el animal chicoteó y trató de enredársele en el brazo, pero le azotó la cabeza contra las piedras hasta que se aflojó todita quedando colgada de su mano. Pedro sintió que otra vez estaba pisando la tierra, que sus pulmones seguían hinchándose con el aire del campo y que el sudor de su cuerpo se secaba bajo ese sol inmenso. Agarró la víbora con las dos manos y la alzó sobre su cabeza para mostrarla a la serranía.

En ese momento, bajo un cielo azúl profundo, lleno de luz, Pedro sintió una mordida, la de dos balas calientes que le destrozaban la espalda.
Moralito

El Palomo



El primer día de vacaciones nos fuimos el Fidel, la Gata y yo al arroyo del salitrillo para buscar por ese rumbo un buen mezquite. Nos hicimos acompañar de un hacha de mano y un pequeño serrucho. Andábamos tras una rama que tuviera el ancho de las piernas de doña Imelda, la que vende los duritos afuera de la escuela. Nos fuimos por el callejón hasta la huerta de los membrillos, brincamos la barda y cruzamos hasta alcanzar la vereda que sube por el cerro de la Santa Cruz. A medio camino oímos las campanadas del reloj de la iglesia avisando que ya eran las once, apuramos el paso y llegamos a nuestro destino. Empezamos a rondar por los mezquites para ver cual podríamos servirnos, nos dividimos y cada uno fue a inspeccionar por su lado. No tardó mucho rato cuando Fidel nos pegó un grito diciendo - ¡Aquí hay una harto buena! – la Gata y yo corrimos hasta donde se encontraba y nos pusimos a contemplar la rama, rechoncha y bien seca, tal como la queríamos. La rama estaba a la mitad del mezquite, Fidel y yo trenzamos los dedos como si fueran estribos y los ofrecimos a la Gata que rápidamente se nos encaramó en los hombros y comenzó a trepar por el tronco del árbol. Llego a la rama y se montó sobre ella. Le aventamos el hacha y sin decir agua va empezó a sonarle. Así estuvo buen rato, dándose sus tiempecitos para que no se le cansara el brazo. Cuando la rama ya solo le quedaba un pescuecito, la Gata se enderezó y agarrándose de otras ramas se meció sobre nuestro pedazo de madera hasta que lo desprendió del árbol y cayó frente a nosotros. La Gata se colgó de una rama y pegó un brinco hasta el suelo. Entonces los tres le arrancamos las pequeñas ramas que tenia y con el serrucho le emparejamos los cortes dejando un palo como de una brazada. Tomamos nuestra preciada carga y nos regresamos al pueblo.

Por la tarde, después de comer nos juntamos en la casa de Fidel, que se había quedado con la rama y nos fuimos a ver a don Diego. Llegamos y azotamos tres veces la gran aldaba negra de la puerta. Pasó un rato y luego asomo su blanca cabeza por entre las dos grandes hojas del portón y con un “Siiiii…” estirado como mugido, nos pregunto el motivo de nuestra visita. Sin esperar mas le mostramos el trozo de rama y le dijimos --¡Pa’unos trompos! – Don Diego abrió el portón y sacudiendo la cabeza nos invito a pasar. Nos fuimos derecho a la carpintería y nos instalamos alrededor del torno. Don Diego se puso el mandil de cuero y tomo el trozó de madera, con una garlopa le quito la corteza y lo emparejó quitando los bordos que sobresalían, y luego con la sierra corto un pedazo como de dos cuartas y lo coloco en el torno. Puso un buril y empezó a pedalear haciendo que el palo diera vueltas rápidamente, entonces pregunto:
- ¿Y cómo va a ser este tronco?
- ¡Ancho y cabezón!- respondimos los tres al mismo tiempo
- ¡Esos son los buenos! – agregó Don Diego y acerco el buril a la madera.
Ahí nos quedamos viendo como la viruta saltaba de la punta del buril y detrás de éste aparecía un trompo moreno, rayado con las venas del árbol. Don Diego rebién que le arrimaba y retiraba la herramienta haciendo grecas junto a lo que sería la punta, después las del costillar que marcarían la orilla del encordado y terminaba con la cabeza del tronco, que dejaba bajita, justo para que se detuviera la hilaza, pero bien ancha.




Termino el primer tronco y lo guardó en la bolsa de su mandil, y luego repitió los pasos e hizo otro y luego otro. Nosotros esperábamos mientras la nariz se nos llenaba del olor a barniz y a madera, codeándonos unos a otros y dándonos patadas en las espinillas. Hasta que don Diego dijo:
- Ahora las puntas
- ¿No…? – le contestamos luego luego – las puntas no, vamos a ir con el señor Amaya a que se las ponga.
- Ta’ bueno muchachos, ‘tonces esto ya esta listo – dijo don Diego y puso los trompos en nuestras manos.
- Gracias – dijimos todos y el Fidel todavía preguntó - ¿Cuánto le debemos don Diego?
- ¡Ah que muchachos fregaos!, ya me harán algún favor, ahora váyanse que tengo cosas que hacer – rezongó don Diego y agitando las manos nos hecho para fuera como si fuéramos gallinas.
En la calle cada uno guardo su trompo en la bolsa del pantalón y al grito de “vieja el último”, nos echamos a correr al taller de Amaya. Dimos vuelta en la esquina de la talabartería y nos topamos con la Angelina Puentes, y la Gata y Fidel no desaprovecharon la oportunidad para jalarle las trenzas al pasar junto a ella. Seguimos nuestra veloz carrera y solo alcanzamos a escuchar “…babosos…”. A grandes zancadas alcanzamos el barrio alto, la Gata agarró de la playera al Fidel y en eso les tome ventaja y entré a la herrería hecho la raya. El Chava estaba dándole duro con el marro a un fierro que parecía sangre encendida.
Llegaron mis compañeros y estando los tres juntos le pregunté al Chava:
- ¿Está el señor Amaya?
- Anda por allá en el patio de atrás – nos indicó – pásenle a buscarlo.
Esquivando el montón de fierros que había por todos lados nos fuimos por la puerta del fondo “señor Amaya, señor Amaya” entramos gritando en el patio trasero. Ahí nos topamos con él , que nos recibió con un gruñido diciendo:
- ¿Quihubo qué pasó?
- Queremos unas puntas señor Amaya – explicamos
- ¿Puntas de qué? – preguntó extrañado.
- Pos pa’ unos trompos – le respondimos.
- Vamos a ver… - agregó y se fue hacia el cuarto principal del taller. Lo seguimos hasta el banco de trabajo y ahí nos preguntó:
- ¿A ver esos trompos?
Como si estuviéramos compitiendo los sacamos y extendimos la mano hacía el señor Amaya, queriendo que el primer trompo en trabajarse fuera el nuestro. El agarró los tres y los puso en el banco, luego escogió uno y lo sujetó con la prensa. Con el berbiquí le hizo un agujero en la punta y así hizo con cada uno. Después se arrimó a la fragua y con unas grandes tenazas agarró un pedazo de fierro. Lo metió entre los tizones y jalando tres veces la palanca del fuelle, resopló levantando una nube de luciérnagas rojas que brincaron frente a nosotros. Meneó el fierro hasta que éste se puso como ojo de conejo, enseguida lo sacó y con un marro pequeño lo empezó a moldear sobre el yunque. Así hizo tres flechas redondas, con punta de los dos lados, una aguda y la otra mas chata. Las metió a los trompos con unas pinzas y con ligero golpes del marro las llego hasta que coincidió el borde del trompo con la punta gorda. Después las redondeó con una lima y nos dijo:



- Terminado jóvenes, son tres pesos.
Volteamos nuestras bolsas y entre tostones, quintos y veintes completamos la paga al señor Amaya.

Los días pasaban y nosotros los gastábamos jugando partidas de arrendones, la calle preferida era la Paseo, pues tenía un empedrado bien cerradito y estaba forrada de planchitas. Siempre empezábamos a media cuadra. El trompo que durara más tiempo bailando era el que daba primero. Andábamos siempre como los corredores de caballos, a los corredores les ponen pelotas en las bolsas para que sirvan de topes al cincho con que los fajan al caballo, nosotros cargábamos los trompos y los arrendones. En las mañanas, después de almorzar nos pelábamos de las casas, unos por las ventanas otros por las puertas del corral y nos encontrábamos en la Paseo, donde nos quedábamos hasta que el hueco de la panza se nos hacía pesado o hasta que perdíamos los trompos que traíamos para apostar. Siempre apostábamos trompos comprados o ganados, nunca los de Don Diego.

Yo tenía mi arrendón preferido: El palomo. Era ligero y volaba bien parejito, nomás era cosa de que sintiera el trompo pa’ que saliera disparado dando vueltas y cuando se le acababa la fuerza, seguía planeando como si tuviera alas, hasta que aterrizaba. Me tardé como media hora haciéndolo. Me acuerdo que ese día fuimos a la cantina de Ubaldo a que nos dejara agarrar corcholatas de cerveza, de las que tienen papel plateado encima. Salimos con un puño en las manos y nos fuimos a sentar en la banqueta, ahí nos pusimos a quitarle los corchos a la mitad de ellas teniendo cuidado de no romperlo, metiéndoles las uñas suavecito. Enseguida empalmamos los corchos con papel plateado en las otras corcholatas para que cada una tuviera de a dos. Luego me busqué una piedra bola que apenas me cupiera en la mano y en una hendidura de la banqueta puse la corcholata y la empecé a cerrar sobre el corcho, pegándole quedito y dándole vuelta en cada golpe.

Hicimos varios arrendones ese día, pero el mejor fue El Palomo. No siempre jugaba con el Palomo, mas bien lo sacaba cuando el juego se ponía duro, porque sino con tanto fregadazo se le iba a romper el corcho como a todos los demás, así que solo cuando ya me tenían orillado, ya mero pa’ llegar a la esquina o cuando tenia el gane seguro, lo ponía a jugar y si le daba un buen golpe a veces me arrendaba casi media cuadra.


Era retesuave jugar a los arrendones, luego se juntaba la bola y ahí andaba el Cepillo, Manolo, el Tuercas, la Gata, Fidel, Carlitos, los cuates Carrillo, y yo. Jugábamos entre nosotros y a veces con los del Barrio Alto. Ellos jugaban en la Centenario y ahí mero íbamos a echar arrendonazos, otras veces ellos venia a la Paseo y a cada rato había golpes. Fidel era el mas bravo, cuando le tocaba entrarle parecía rehilete tirando guamazos y patadas.

Antes de que terminaran las vacaciones, Fidel ya nos había cortado, ahora se juntaba con las Bastolias que eran mas grandes que nosotros y ahí lo veíamos detrás de ellos pa’ todos lados y a cada rato echando trancazos y su trompo se quedo arrumbado arriba de un ropero.

Se acabaron las vacaciones y entramos a primero de secundaria. A la salida de la escuela nos pintábamos a jugar a la Paseo y a la mitad de la cuadra hacíamos un cerro de mochilas sobre la banqueta y durábamos horas lanzando los trompos, cachándolos y poniéndonos de rodillas para aventarlos a los arrendones. Era bien a todo dar oír los trompos zumbando como jicotes y luego, después de pegarle al arrendon verlos brincar sobre el empedrado como los patitos que hace uno en el río y en la laguna hasta que de rato la bola se iba desmenuzando y cada quien ganaba pa’ su casa.

Tantito después que empezaron las clases se nos apartó la Gata, ahora en vez de jalar con nosotros pa’ la Paseo, se quedaba esperando afuera de la escuela hasta que salían todas las “viejas”, nosotros nunca nos tardábamos tanto, salíamos hechos la mocha a zumbar las cuerdas de los trompos – Que nadie se ponga atrás, ni adelante – decíamos, porque estorban o salen con tremendos chicotazos de la hilasa. Y así, mientras avanzaban los meses de clases, la palomilla se desgranaba y ya solo quedábamos el Tuercas, Carlitos y yo. Los demás ahora estaban mas flacos y andaban todos relamidos y saludándose de mano, con las bolsas limpias, sin trompos ni arrendones. A veces nos pegábamos con ellos pero se la pasaban hablando de la Meche , la Viki, y otras viejas de la escuela, todas igual de creídas.

El tuercas y yo nos habíamos echo los amos de la Paseo y hasta a la Centenario nos íbamos a arrasar, sobretodo con la ayuda del palomo que siempre arreaba bonito. Ahí nos dábamos buenos agarrones con el Calvito, que tenia un trompo zanahorión y que según él, era el mas pajita del mundo. Así fue cuando un día el Calvito nos puso una calentada y nos reto a jugarnos los trompos buenos. Le dijimos que le íbamos a quitar lo hocicón y nos fuimos todos a la Paseo. El Tuercas medio chance de jugarle primero y puse a bailar mi trompo sobre la banqueta, junto con el del Calvito. Nomás zumbaban los trompos, parecían remolinos de viento que se habían quedado quietecitos, agarrados a un pedazo de tierra. La fuerza se les fue terminando y empezaron a menearse como si estuvieran mareados, como si fueran borrachos tratando de enderezarse, hasta que mi trompo se topó con un borde en el suelo y salió revolcándose entre el empedrado. El Calvito escogió tirar pa’ la talabartería porque para ese lado estaba más lleno de planchitas. Puso su arrendón en la “Plataforma” y aventándole el trompo lo voló un buen tramo. Saqué el palomo desde el principio pa’ jugar más seguro. Luego desde donde cayó el Calvito me hice como cinco pasos para atrás pa’ poder usar la “Mulita” , una piedra cacariza y delgadita de la que salían a todo dar los tiros. Le di duro al palomo y este salió volando y se fue contra la pared, donde reboto todavía hacia delante reponiendo el terreno perdido. Así nos la estábamos pasando, caminábamos pa’ un lado de la calle y pal otro hasta que en una de esas caché mal el trompo y lo agarré ya sin fuerzas y no pude darle ya al Palomo. Ahí me tomo ventaja el Calvito con dos arrendonasos que le salieron tendiditos y me dejó como a quince pasos de la esquina. Le volví a sonar al Palomo y se levanto como los aviones de las películas y luego empezó a bajar como si fuera en una resbaladilla de las del parque. El siguiente tiro lo fallo el Calvito y yo lo arremedé. Al siguiente turno se chiripeó el Calvito y que me pone casi en la esquina. Yo ya estaba asustado y batallaba para enredar la cuerda, la apretaba y se me deshacía por la punta. La otra esquina se me afiguraba lejos, como cuando vas nadando a media laguna y apenas se divisa la orilla. El Calvito se reía sintiendo ganado el juego. Sentí que me hacían falta el Fidel y la Gata, que necesitaba sus ánimos. Apreté al Palomo y le pedí dos pasos prestados al Calvito y después monte cuidadosamente el arrendón en el centro de la “Morena”, una planchita que me había sacado de aprietos el resto de veces. Me escupí la mano y lance el trompo dándole vuelta a la muñeca para que se enderezara y antes de que tocara el suelo le jale la cuerda y se vino derecho hacia mi. Puse la mano y al recibirlo la baje tantito para amortiguar y que no perdiera fuerza, lo sentía vivo acariciando mi mano y mientras lo lanzaba, puse una rodilla en el suelo, luego, fijando la vista en el arrendón lo empuje con todas mis fuerzas. El Palomo se trepó en el aire y se levantó como queriendo meterse en el cielo y yo hincado lo miraba brillar como una moneda, sintiendo que el cuerpo se me hacia ligerito. Entonces la escuche decir:

-¿Martín, cuál de las dos es más bonita? – y vi que el Palomo volaba mas alto que las bardas de las casas. Volteé a mirarla y entre los cabellos que me caían sobre la frente vi sus piernas largas, relucientes de morenas, luego voltee a ver la cara sonriente de Isaura y luego la de Macrina y al último, el lugar por donde se había perdido el Palomo, y el trompo de Don Diego, y algo mas.



Moralito