Saturday, December 8, 2007

La última batalla


Todas las noches la espero trepado en la ventana, escucho desde que abre la puerta sus pasos que atraviesan el pasillo y suben por la escalera. Corro y me escondo bajo las cobijas, luego se enciende la luz, descubre mi cara, y me da un beso. Después, en la oscuridad, ya nada más escucho el rechinar de la cama cuando se mete entre las sábanas. Hace muchos meses que pá no está con nosotros, yo creí que siempre estaría conmigo. Lo extraño, principalmente en la Navidad cuando me ayuda a abrir los regalos; entonces siento bonito cuando descubro lo que me trajo el niño Jesús. A mi siempre me trae los juguetes que tanto me gustan: soldaditos, pistolas, rifles y cañones; tengo muchos y por las tardes, después de llegar del colegio, los acomodo como dos ejércitos a punto de iniciar la batalla y me paso horas y horas tirado en el piso apuntando y disparando con sus rifles en miniatura, colocando los cañones y haciéndolos avanzar, mientras que simulo los disparos y las órdenes de los generales. Con mis manos tiro los soldaditos que caen en medio de gritos de dolor, luego los aparto y los voy echando en la caja de juguetes, hasta que uno de los dos ejércitos resulta victorioso. Entonces recojo todo y lo guardo hasta el día siguiente.
Siempre me ha gustado mirar por la ventana, mis padres me lo han prohibido, pero me gusta estar encaramado ahí, viendo todo lo que sucede, también para jugar a las guerritas… Yo creo que me gustan tanto, porque a mi papá le gustan las armas, tiene muchas y cuando no está en casa, las saco del ropero para jugar con ellas. Son como mis pistolas y las de mis soldaditos, sólo que más pesadas y más frías. A veces, cuando nadie está en casa, me pongo a apuntarle a las cosas desde la ventana, imagino que con solo jalar el gatillo se borran todo lo que no me gusta. Es bonito sentir que puedes desaparecer cualquier cosa fea que pongas enfrente de tu arma.
Me acuerdo mucho de papá, los últimos días que estuvo con nosotros estaba triste, yo no sabía porqué, cuando le preguntaba, él me decía que todo estaba bien, pero me daba cuenta que algo pasaba, porque ya no quería jugar conmigo y su mirada andaba perdida. Entonces dejé en un rincón la caja de mis juguetes y las tardes se hacían largas viendo por la ventana, esperando que toda la tristeza que sentía papá, se fuera para que regresara otra vez a mis juegos y estuviera conmigo y luego me enseñara como se manejan sus armas. Una noche que papá estaba en el trabajo llegó mama, creí que llegaban juntos, pero en la luz que ilumina la puerta de mi casa, me di cuenta de que era otro el señor que la abrazaba, entonces supe porqué estaba triste, y pasó lo mismo algunas otras noches, y su tristeza crecía y no veía cuando volviera otra vez a jugar conmigo.
Ya casi son dos años que papá se marchó y hasta se me olvidó como jugaba a los soldaditos, la última vez que lo vi fue aquella noche en que mi mamá llegó con aquel señor, cuando mi pá estaba a punto de llegar del trabajo. Supe que algo extraño sucedía, porque mi mamá había preparado sus maletas y el señor llegó y se puso frente de la puerta.-Me bajé de la ventana y fui hasta el ropero, mamá llegó entonces y me dio un fuerte abrazo y un beso y comenzó a bajar, lo abrí; ya no estaba la pistola que tanto me gusta, en cambio encontré el rifle, escuchaba los pasos de mamá bajando por las escaleras lo tomé entre mis manos, y me fui hacia la ventana; los soldaditos estaban guardados, cuando pasé junto a ellos sentí la misma sensación de cuando en medio de mis juegos iba barriendo con el ejército enemigo y llegué y ví a ese señor esperando. Yo sólo quería desaparecer las cosas feas que entristecían a papá, apunté y jalé del gatillo.
Cuando el señor cayó agarrándose el pecho y ya no se volvió a mover, apareció mi papá como si hubiera estado oculto en la oscuridad y bajo la lámpara de la puerta me miró. Yo creí que se iba a disgustar, algo le dijo a mamá y ella subió llorando, me quitó el rifle y me abrazó. Supe que no estaba enojado porque en sus ojos no había rencor sólo una sombra los empañaba como si le hubiera llegado otra nueva tristeza. Ahora que ya ha pasado el tiempo sé que lo que se llevó aquella noche fue la tristeza de no volver a jugar nunca más conmigo y el revólver que apenas alcanzó a ocultar entre sus ropas cuando se volvió para decir adiós.



Hawkmoon


El sueño y la bruma


Desliza sus manos sobre la tela, la noche se mete entre las sábanas para tejer las ropas de los sueños y para abrirle paso a los pensamientos. Está sola como desde siempre y sus ojos que quieren ver no logran penetrar la bruma. Siente la noche y la oscuridad como parte de su ser tomándole de la mano para llevarla a los rincones de su pasado, a todos aquellos recuerdos que componen los días de la historia de su vida, la ruta de los deseos que se volvieron pócima para conjurar los sueños. Gira hacia un costado y el movimiento despierta sonidos que se confunden y que solo se van aquietando si cesa de respirar, contiene el aliento hasta la desesperación, hasta que su corazón palpitante es el único vínculo con la vida, el último vínculo con la existencia en toda esa negrura envuelta de silencio. Es entonces que hiere el recuerdo y que quisiera que todo fuera distinto para envolver entre sus brazos a su propio yo y llevarlo por otro camino, salvando las penas y alejando los sinsabores, llegando hasta esos momentos en que no existe nada. Gira hacia su otro costado y el sueño se espanta., sus ojos se abren todos y no quiere mirar, tampoco recordar que hace años fue joven y fue madre y que a veces lo que hacemos no encuentra su lugar en nuestras vidas. ¿Mi hijo? Se pregunta en todas las noches y un caudal de sentimientos se desbordan, llenándola de sensaciones para las que no tiene palabras, y solo los recueros la arropan en esta persecución de la razón. Toma la sábana y la estruja entre su mano, se la lleva al pecho, al rostro y siente un aliento; el mismo aliento de su patrón cuando trabajaba hace tantos años en la casa de aquella familia rica, el mismo aliento que la visitaba en las noches y que tenía un cuerpo y una presencia que la sofocaban y robaban el aire, ese mismo aliento que la expulsó cuando supo que iba a ser madre, y que la sumió en el abandono a ella y a su pequeña criatura que apenas hacía bulto en medio de sus brazos y que tuvo que regalar cuando se le estaba muriendo en medio de toda su desesperación para alimentarla.

El aire de la noche es frío, se lleva las manos a su rostro y sigue sus trazos, acaricia el mentón, las mejillas y entre sus ojos sus manos se humedecen y le recuerdan el aire frío del hospital donde desde hace tiempo trabaja, jala la sábana y se cubre completa como un cadáver de los que a diario contempla, a los que registra y anota para cuando alguien los reclame. Estos muertos que tanto se parecen a ella, que tiene en sus rostros impresa la historia de sus vidas son los únicos amigos a los que puede decir algo, a los que platica su pena, los únicos en que puede confiar. Fueron sus cómplices en aquella noche de su muerte los testigos del último encuentro entre ella y su hijo, aquel hijo al que reencontró después de tantos años perdidos, y al que no podía abrazar y contarle de su tristeza cuando lo perdió, y al que imaginó creciendo en cada una de sus noches, dibujándole todos los rostros imaginables. Después cuando la imaginación cesó llegaron los sueños y ahí estaba él otra vez sin nombre y sin rostro solamente él en medio de toda esa negrura. Igual a la noche que le citó para que conociera la historia de ambos y su superación. Entonces estaba ella en medio de la habitación, dentro del féretro o más bien estaba uno de tantos cadáveres que llegan al hospital y que ella había tomado para que estuviera en su lugar y pudiera fingirse amiga de si misma y decirle cada una de tantas palabras dichas al vacío. Tenía tanto que decir por todo lo que había callado pero sabía que era inútil irrumpir en una vida que bien se las había arreglado sin ella, por eso inventó todo, por eso se pretendió muerta para liberarlo de una relación que no tenía futuro; por lo demás la muerta la estaba rondando y si en los últimos años vivió rodeada de ella muy pronto sería parte de ella. Aquella noche le tuvo entre sus brazos, sintió su carne próxima a la suya le escuchó llorar. Con la mañana su hijo se marchó a reincorporarse a su vida, ella se quedó a esperar las últimas noches frías y silentes, envueltas en todos esos recuerdos que tercamente regresaban para abrirle paso a los sueños, al imperio de las sombras. Se tiende boca arriba, poco a poco se abandona al cansancio y al sopor y afuera la noche sigue igual, húmeda, oscura…fría.

Hawkmoon



El sueño del puñal

Hay muchas formas de morir, Nazario lo hacía en silencio, sin quejarse; oyó campanadas muy lejos, aunque estaba tendido en el atrio de la iglesia, justo debajo del naranjo, oliendo el azahar y su sangre. Volvió a oír el tañir más lejano y entendió que se despedía de la vida. Sintió una punzada en la espalda; la herida se enfriaba y el puñal seguía clavado en la carne cortada; lleno de sangre, tranquilo, cumpliendo su objetivo infame, o tal vez infame, porque al fin y al cabo ese es el destino de los puñales y tarde o temprano lo cumplen y no pocos lo repiten. Los puñales son inmortales y algo irremediable, algunos son cobardes, ¿ o los hombres son los cobardes? Se sueñan de rojo y el sueño lo recogen de los hombres, y estos sueñan sangre y otras cosas, pero los puñales sólo sueñan rojo porque los hombres cuando los sueñan, los sueñan ensangrentados. Nazario nunca soñó puñales, él soñaba su tierra y su mujer, por eso, para el que tenía clavado en la espalda, fue sencillo cumplir su destino y para el hombre, realizar su cobardía.

* * *

Los dos caballos, con su paso rápido, soportaban a sus jinetes con una furia contenida mascullando el freno cada vez que les clavaban las espuelas en los flancos.
-¿Quiénes son esos dos que nos encontramos? –preguntó el del caballo azabache.
-Nazario y su mujer, Patrón.
-Bonita mujer ¿Eh? ¿Y que hace ese tal Nazario?
-Cultivar la tierra ¿Qué más podría hacer?
-Esa mujer es casi una niña.
-Nazario también es muy joven, tienen poco de casados.
-Bonita mujer-repitió y clavó las espuelas al azabache.
- J aja ja ya le gustó Patrón.
Llegaron al portón de la casa y desmontaron.

* * *
-¿Conoces al Patrón?
-Sólo de vista, nunca he platicado con él ¿Por qué lo preguntas?
-Por nada; dicen que es un mal hombre.
-Sí, eso dicen y te voy a decir algo, siempre que lo veo venir, si puedo, me voy por otro lado, o agacho la vista, creo que le tengo miedo.
-¿Le tienes miedo?
-Sí.
-¿Te ha hecho algo?
-No, es por lo que dicen.
-Yo también le tengo miedo- dijo Fátima y siguió comiendo frijoles.
Estaba en una mecedora de mimbre, reposando la cabeza en el respaldo y contemplando el río, que lento, se perdía entre los álamos y los pirules.
-Me mandó llamar, Patrón- le preguntaron.
-Sí- respondió y enderezó la cabeza- ¿Te acuerdas de Nazario?
-¿El que nos encontramos el otro día cuando veníamos de los potreros?
-El mismo. ¿Ha dicho algo de mí?
-No Patrón, él nunca dice nada.
-Acuérdate debe haber dicho algo, todos en este pueblo lo han hecho alguna vez.
-A ver … déjeme ver.
-Acuérdate bien y verás.
-Creo que una vez dijo que le gustaría matarlo. Estaba borracho –mintió y el otro sabía que lo hacía.
-Así que eso dijo ¿Te gustaría tener su tierra?
-Que pregunta, es de las mejores.
-Si él me quiere matar, lo mejor es que me adelante – tenía en la cabeza los ojos claros de Fátima -¿No crees? – y su pelo castaño -. Así que encárgate de él lo más pronto que puedas –y su cuerpo delgado.

* * *

El hombre besó a la mujer; y la mujer se estremeció, más que por el beso, tal vez por un presentimiento… y la mujer besó al beso del hombre y lo sintió tierno, más que la luna cuando apenas es una raya oblicua en el cielo… pasaron la noche abrazados, desnudos.

-Nazario –dijo la mujer; no te levantes todavía, espérame y al mediodía iremos juntos a misa.
-Sabes que me gusta ir a esta hora – le contestó poniéndose el pantalón; si quieres vuelvo, a ir contigo – se abrochó el cinturón, se sentó al borde de la cama y se agachó buscando las botas, sin ver-, sería mejor que me esperaras- fijo Fátima tratando de convencerlo –tengo un poco de miedo.
-No te preocupes, todas las mujeres lo tienen –abrió la puerta y aspiró, le gustaba respirar la primera mañana y esa vez estaba ya un poco pasada-. Vendré pronto, si quieres quédate otro rato acostada- cerró la puerta, oyó bifar al caballo y bajo el cielo ralo de estrellas se dirigió a la iglesia, llegaría antes que dieran la primera.

* * *

-Lo está esperando, Patrón, no quiere venir.
-Esta bien –aflojó la rienda y golpeó con la palma de la mano la enanca del caballo.
-Buenos días Fátima.
La mujer se encontraba al otro lado de la cerca de piedras.
-¿Conoce mi nombre?
-Claro ¿Quién no lo conoce?
-Si busca a Nazario no está.
-Te busco a ti.
-¿A mí? ¿Para qué?
-Para que te vayas conmigo y seas mi mujer.
-Yo ya tengo hombre.
-No, no tienes, lo acaban de matar. Le clavaron un puñal en la espalda.
-¿Y usted cómo lo sabe? –vio por el callejón a la beata que venía subiendo apresuradamente. No tuvo tiempo de sentir dolor. Se encaró con el hombre-. Espere un poco voy por mis cosas.
-¿Para qué? Yo te daré lo que quieras, súbete al caballo –dijo el hombre apresurándola.
-Déjeme ir por mi rosario para rezar algo por Nazario, para sentirme menos culpable ¿Entiende? –entró a la cocina y volvió envuelta en un rebozo multicolor, subió a la cerca y se acomodó en la enanca del azabache-.Estoy lista, no vayas muy aprisa porque puedo caer.
-Abrázate de mí –sugirió-; y en el abrazo sintió el filo del puñal que lo degolló, como un gusano quemador; la cabeza le cayó sobre el pecho, tenía los ojos abiertos; lo último que pensó fue que la sangre que escurría por la camisa era el sueño rojo de un puñal. Siguió cabalgando, muerto.

Pinto

Sunday, December 2, 2007


El caballo y la nostalgia

Con el amanecer plomizo y el paso obligado, laborioso como el aleteo de un pájaro enfermo, el viejo, vuelve de trabajar. Dobla la esquina y su nostalgia diaria, aprendida de memoria, llega puntual, con la exactitud de un reloj antiguo, recorriéndole el cuerpo de huesos cansados, de carne fría, de ojos somnolientos que imaginan la salida del sol, allá, en el horizonte compuesto por una inmensidad de casas y edificios que a esa hora se antojan monstruos tristes. Nunca se detiene, camina sobre la banqueta pestilente, sobre los escombros de una noche azarosa, sobre su nostalgia regada durante años; la nostalgia vieja, más que él, porque las nostalgias nacen viejas y envejecen y se vuelven achacosas, graves, obsesionadas en un recuerdo. El lo sabe y desde la esquina extraña el campo pálido de otoño con voz de hojarasca; el campo y sus mañanas de enero con trinos entumidos de pájaros friolentos; el campo, la noche y la luna de la noche cantando una canción amarilla que nadie oía[ el campo verde, verde y más verde de muchos verdes mojados de finales de junio. Entra a la vecindad y la nostalgia vuelve a su pereza habitual; a envejecer dormida; ya no se da cuenta que el hombre se siente menos viejo, ni que cruzando saludos llega a su vivienda; a la entrada, la cocina y el baño acondicionados en una estrecha franja techada con láminas; al fondo, un solo cuarto con pintura azul descascarándose, donde caben dos camas de latón adquiridas con el ahorro de los primeros meses de trabajo por la época en que llegó a la ciudad. “Es el principio — pensó en aquella ocasión —, Ahora que me case trabajaré para comprar una casa; por lo pronto no quiero que mi mujer vea esto tan solo; cuando venga, le diré que una es para nosotros y la otra para nuestro primer hijo, si es que todavía vivimos aquí cuando nazca”. La mujer encontró la vivienda confortable, más que por otra cosa, por aquel amor fresco con olor a campesino que hacía planes y veía el futuro como algo bello y prometedor, por aquel amor que trajo sus sueños en un caballo fantasmal que no asusto nunca a nadie, porque se perdía en la multitud que se movía como un enjambre sin panal, con su murmullo ensordecedor e insoportable, y el galope resultaba inútil. Ella nació en la ciudad y sabía que ahí se muere y se nace a diario, que los sueños no tienen cabida, las pesadillas alargan el día haciéndolo interminable. No se lo dijo, dejó que soñara despierto y dormido, que luchara sin desfallecer. Le gustaba quedarse despierta, después de haberse amado, a velar el tranquilo reposo del hombre; su respirar cristalino de los atardeceres primaverales de su infancia y su primera juventud. Lo descobijaba y en su cuerpo percibía aún el viento y los arroyos y el aroma de azahares y de botones de flores silvestres de la tarde primaveral del respirar del hombre; no resistía, pegaba su cuerpo desnudo, joven, al otro cuerpo desnudo y joven, y con la boca y nariz aspiraba su aliento y se sentía una mujer transparente, hecha de la más pura agua, de la que brota de los manantiales que nacen en los lugares en los que únicamente los pájaros pueden beber. A veces el hombre despertaba y era un gran pájaro dorado, salido del sol de su tarde que terminaba su corto vuelo posándose en el manantial, abrazándolo con su pasión quemante de pájaro de fuego y dejaba de ser pájaro y el manantial de ser manantial… quedaba agua agitada, ardiendo en dos llamas… en una sola, de hombre mujer, hasta consumirse. Estando así, algunas veces estuvo segura de oír el galopar del caballo, hasta antes de la madrugada aquella en que la despertó con su relincho doloroso y desangrado ¿ o desoñado? Con el último sueño en la crin, se fue, tal vez, a pastar a una pradera de estrellas, o a la noche y sus cascos fantasmales la estrellaron toda; se levantó y estuvo junto a la puerta aguzando el oído por si lo oía volver…, pegó su cuerpo al del esposo y su boca a su boca y nada… nada… nada; ni caballo, ni tarde primaveral, ni mujer de agua… enjambre, zumbido de enjambre… amor amargo… hombre y mujer iguales, zumbando y oyendo zumbar, enloqueciéndose en medio del enjambre sin entender absolutamente nada; odiándolo; siendo parte de él… eso quedó. También una nostalgia feroz, la de Juan María que no dijo una palabra cuando le hicieron saber que en adelante sería velador, porque después de los cuarenta no se sirva para nada más. De ahí en adelante durmió de día y envejeció de noche, y su vejez se hizo oscura y fría, con paisajes de calles invadidas de anuncios de gas neón, de automóviles desesperados, llenos de borrachos y prostitutas maquilladas de prisa; y él, viviendo años nocturnos; esperando el domingo para ir a visitar a un hijo a la penitenciaria, o esperar la visita de las hijas casadas, visitas cada vez menos frecuentes; resignándose; diciéndose una y cien veces cada hora que los dedos que perdió en el accidente de trabajo no hacen falta para nada, menos si no se labora directamente en las máquinas: “para ser un buen velador, basta con mantener los ojos abiertos, o un ojo” pensaba a veces con optimismo mientras bostezaba imitando por instantes el eterno bostezo de las alcantarillas que dejan escapar la hediondez de la ciudad. Al llegar el primer turno de obreros, la jornada termina; caminar dos cuadras, esperar el camión, viajar semidormido, caminar seis cuadras, tomar aire, doblar la esquina, soportar la nostalgia hasta la puerta de la vecindad, llegar a su vivienda y preguntarle a su mujer:
— ¿Dónde está Esther?
— No debe tardar, fue al mercado –contesta la mujer sin abrir los ojos —,Come algo antes de dormirte. Si vas a preguntarme si está caliente el café, sí está —le ahorra la pregunta al viejo—, Yo misma lo preparé hace poco.
— Me parece bien que conozcas mis gustos — dice el viejo con satisfacción —, Fue una noche fría y el café me calentará; después dormiré sin remordimientos, despertaré temprano y volveré a dormir a la hora que lo hace la mayoría de la gente. Mañana es mi día de descanso, así que iremos al reclusorio y por la tarde al zoológico o al cine.
— Prefiero ir al cine — dice la mujer desde su entresueño, tomando las palabras del viejo como una proposición —; exhiben una película que hicieron en el barrio y dicen que se ve la puerta de la vecindad.
— ¿ Y eso que tiene de extraordinario? Nosotros la vemos todos los días y ahora resulta que tenemos que pagar por verla.
— Tengo curiosidad de ver el barrio en el cine — explica en tono convincente, con los ojos abiertos pero sin moverse —. Ahora ve a comer antes de que todo se enfríe no quiero calentar de nuevo…
No termina la frase, Esther acaba de llegar y está a un lado del viejo, con los ojos enrojecidos, el rostro hinchado y el vestido lleno de manchones de sangre.
— ¿Qué te paso? — pregunta el viejo sobresaltado.
— Me golpeo un hijo de perra — contesta la muchacha dirigiéndose a la madre como si ésta le hubiera preguntado — Me volvieron a pegar, mamá.
— ¿Quién te pegó? — insiste el viejo.
— Cálmate un poco. Después hablamos — dice la mujer con urgencia, tratando de que la muchacha no diga más.
El patio se llena con voces de mujeres que hacen las últimas recomendaciones a los niños que salen corriendo a la escuela. De una consola surge una música tropical que, como gallo citadino, anuncia tardíamente que el día ha comenzado. Adentro, la muchacha estalla:
— ¡Que me calme! — grita — ¡Mírame! ¡Ve como vengo y tú me pides que después hablemos!
— ¡Te golpearon en el mercado? — pregunta el viejo sin acabar de salir de asombro.
— ¡Nada que después hablamos! ¡De una vez por todas quiero que sepas que no saldré más aunque nos muramos de hambre!
— Descansa un poco — sugiere la mujer. Trabajosamente se sienta en la orilla de la cama y, con los pies, busca los zapatos —. Vamos, hazme caso — insiste con suavidad.
— Ya no irás al mercado, hija, lo haré yo al volver del trabajo — dice el viejo resueltamente después de una breve reflexión —. Ahora dime quien te pegó para ponerlo en su lugar. ¿Fue alguien del mercado?
— ¿De dónde? ¡Ay, papá! ¿Tú crees que vengo del mercado? Pobre de ti — se compadece haciendo caso por primera vez del viejo —… Del mercado — mueve la cabeza negativamente y suelta un llanto agudo, confundido, con risa sorda. Se limpia las lágrimas y pregunta ¿De veras crees que todas las mañanas vengo del mercado?
— No hagas caso, Juan María — dice la mujer con los zapatos puestos, todavía sentada.
— ¿Entonces de dónde vienes? — pregunta el viejo como si no quisiera oír la respuesta. Su voz suena queda, ronca, con los matices del ronroneo de un gato en los brazos de una vieja. La muchacha se acerca y le llega su aliento alcohólico — ¿Estás tomada?
— ¿No adivinas de dónde vengo? — la voz es también queda, igual a la del viejo.
— No ¿De dónde? — la voz es más baja.
— Vengo de la calle; de acostarme con hombres que me pagan ¿comprendes?, soy una prostituta — lo dice sin llorar sin reír —… Una puta barata de las que se encuentran las esquinas y por una miseria la puede tomar cualquiera, y uno de esos me golpeó.
El viejo está turbado, inmóvil, deseando no haber entendido, con la esperanza absurda de que lo que acaba de oír sea la repetición de un eco perdido. Por fin pestañea. La muchacha acomete de nuevo:
—¿Entendiste? Soy una prostituta — ríe con estrépito —. Apuesto a que nunca has estado con una ¿o si? — sin dejar de reír prosigue —. Siempre lo has hecho con tu mujercita ¿Te gustaría que te consiguiera una de mis amigas? Es joven, muy joven ¿sabes? — para de reír, tiene un ataque de tos, pone la mirada en los ojos del viejo y continúa —… pero le gustan los viejos como tú, dice que le encanta ver como se dan cuenta del tiempo que perdieron, le gusta su aliento de moribundos y sentir que resuellan cerca de su piel ¿eres impotente? Porque, ¿sabes?, esos son con los que verdaderamente goza, se imagina a su padre embrutecido y suplicante. Así que antes de ir con ella te recomiendo que vayas a una cantina y te pongas hasta arriba, como yo ahorita, te vienes a la casa y yo aquí te la tengo lista. Por tu mujercita no te preocupes, ella entiende…
— Ya cállate. No estás en condiciones de hablar — interviene la madre en voz alta, sin gritar.
— ¿Qué me calle dices? — ladea la cabeza sobre el hombro ¿Para qué quieres que me calle? Pregunta. Endereza la cabeza y vuelve a poner la mirada en los ojos del viejo —. ¿Te gusta la idea, verdad? Se que te gustaría estar con una mujer joven que se desvista bailando al ritmo de un bolero, un bolero tropical como el que está soñando allá afuera, bailando como las encueratrices del cine y después te haga un trabajito como nunca lo has soñado; le podrás tocar su cuerpo duro con tus manos temblorosas viejas y sentir que te recorre todo con la boca ¿entendiste?, todo, sin dejar ni una partecita, ni ahí donde alguna vez pensaste que tu mujer te besara. Tiene las piernas mejor que yo ¿te gustan? — se levanta el vestido, pone una pierna sobre la cama y se pasa una mano por los muslos, acariciándose. No quita la vista del viejo; lo ve dejarse caer en una silla, con los brazos caídos, la boca abierta y las palabras atoradas. Baja la pierna de la cama, se acomoda el vestido y emite otra vez el llanto agudo, ahora solo, sin risa — Mira papá, aquí así son las cosas, no es lo mismo que en tu campo, es más, en esta vecindad hay otra putita, tú la conoces, es la muchacha del tres; es mi compañera de esquina. Se que no lo sabías pero lo hice por ayudarte.
— Nos estabamos muriendo de hambre — interviene la madre.
— Eso es viejito, eso es, lo que tu arrimas no alcanza para nada, ni para mal comer — se acerca al viejo y lo toma de la cabeza, lo aprieta contra su vientre, observa sus canas y temblando se va poniendo en cunclillas hasta que su frente queda pegada a la del viejo —. No bajes la vista ¡por favor! —suplica y frota su nariz en la del viejo —. ¿Huelo mal, verdad? No te preocupes, me bañaré y me quitaré todo este maquillaje — sin levantarse, echándose hacia atrás, apoya la espalda en la cama, estira las piernas y queda sentada en el suelo. Tiene fuertemente agarrado al viejo por el pelo que se ve obligado a hincarse para no irse de bruces —. Te diré algo: nunca debiste haber salido del campo, debías haber esperado sentado bajo un árbol a que mi madre fuera a buscarte. Sé que piensas que estoy loca, pero ella te hubiera encontrado, eso ni lo dudes. Fíjate bien: yo habría nacido allá y nunca hubiera estado en una esquina inmunda esperando que alguien viniera a ofrecerme una miseria por pasar un rato caliente — tiene otro ataque de tos —. No te preocupes tanto, me casaré con alguien que venga del campo. Mi madre dice que gozó mucho con tu cuerpo que guardaba residuos de aire fresco, con tu sueño tranquilo y profundo. Esperaré ¿o no?, mejor iré a buscarlo, eso haré. Dime, cuando vivías en el campo a que horas te sentabas bajo los árboles? ¿Te recargabas en su tronco? No me lo digas, déjame adivinarlo: era en los atardeceres, sí sí, así debió ser, de seguro te gustaban los atardeceres bajo los árboles, estirando las piernas como yo ahora: estoy en el campo al atardecer, he encontrado mi amorcito y ya no volveré a la ciudad, aquí me quedaré, debajo de este árbol, allá se quedo la putita, aquí soy la hija de Juan María… mejor de don Juan María, no ves que ya tiene la cabeza llena de canas, es viejo y es don. ¿Sabe usted don Juan María?, quiero casarme con su hija, es una buena mujer y quiero que sea para mí… ¿Pero qué pasó Juan María?, aquí eres viejo y no eres don; viejo y no estás en el campo y ya no puedes volver, te morirías en la primera jornada; viejo y sin tres dedos en una mano y eres mi padre y yo soy una prostituta pintada como un payaso sin circo, una prostituta borracha que se acuesta con borrachos, hace el amor con ellos y los complace sin cerrar los ojos para no correr el riesgo de soñar…¿No lo entiendes verdad? Mejor no hubieras venido jamás, ni por equivocación… El problema es que estás aquí y la única forma de resolver esto es que olvides; olvida el campo y sus atardeceres recargado en el tronco de los árboles, no existe.
Aquí esta tu miseria, tus hijos, estoy yo abrazándote. La ciudad es grande y se traga todo, no dejara nada de mi vergüenza ni de tu dolor, lo único que haces es olvidar, no pensar…
Las manos se aflojan y resbalan por los hombros del viejo. La muchacha descansa la cabeza en el colchón y sentada en el suelo, se duerme.
— ¿Por qué no me habías dicho nada? — pregunta el viejo al tiempo que se quita de encima las manos de la muchacha.
— ¿Para que querías que te dijera? No lo hubieras remediado.
— ¿Qué no? Siempre he dado lo suficiente.
— ¿Lo suficiente? — se pregunta la mujer — ¿dices lo suficiente? —ahora la pregunta es para el viejo que ya se encuentra de pie.
— No nos hemos muerto de hambre — replica el viejo.
— Porque los muchachos trabajan en vez de ir a la escuela ¿Qué querías que hiciéramos ahora que unos están casados y otro está en la cárcel?
— Hubiera buscado otro trabajo de día…
— ¿ Dónde? –ataja la mujer- Así de viejo y lisiado no sirves mas que para velador ¡Date de santos que no te han corrido! Ya sabes que los viejos no encuentran trabajo en ningún lado.
— ¿Soy tan viejo? — pregunta y examina detenidamente sus brazos, sus piernas. Se pasa una mano por la frente rugosa, palpando cada arruga con la yema de los dedos —. Me falta muy poco para ser anciano— se contesta—. No me había dado cuenta.
— Somos viejos— dice la mujer consolándolo—. Los años no perdonan.
— Quisiera volver al campo— dice el viejo. Su voz delata impotencia.
— ¿A qué? Ya oíste a Esther: morirás en la primera jornada. Ayúdame a ponerla en la cama pide la mujer y sujeta a la muchacha por las axilas— levántale los pies… así… cúbrela con la colcha.
— ¿Entonces que debo hacer?
— Lo que dijo tu hija: olvidar.
— No puedo.
— ¿Por qué?
— Por los recuerdos.
— No pienses en el campo.
— ¿Y mi nostalgia?
— ¿Tu nostalgia?...¿Y como es tu nostalgia?
— Vieja… mil veces más vieja que tú y yo juntos.
— ¿Tan vieja y no ha muerto? —exclama la mujer.
— ¿Qué dices?
— Nada nuevo. Que todo se muere de viejo.
— Pues ésta envejece años diariamente y no muere.
— ¿Y como sabes qué tanto envejece? —pregunta la mujer.
— Porque la siento… y cada vez pesa más y más —argumenta el viejo —. Es raro, siempre despierta en el mismo lugar — Habla pausadamente, como cuando se van ordenando recuerdos —,.. y de ahí en adelante envejece hasta la puerta — lo último no lo dice para nadie, ni para él.
— ¿Y por qué no la haces que muera de vieja? Se acabaría el problema— sugiere la mujer con ironía y se da a la tarea de sacudir los escasos muebles de la habitación.
— Eso haré — dice el viejo.
— ¡Claro! — exclama la mujer burlándose- ¿Crees que puedas hacerlo hoy mismo? No te olvides que mañana iremos al cine.
— ¿Estás segura que si logro que la nostalgia muera no me importaría lo de la muchacha?
— Segura no. Segurísima — dice la mujer a punto de soltar la carcajada.
Juan María no espera más, sale de la vivienda, de la vecindad, da la vuelta a la manzana y antes de doblar la esquina, experimenta una especie de placer, traga saliva y camina despacio, sintiendo como la nostalgia despierta, se detiene un instante para asegurarse que es la misma y luego recorre con una lentitud pasmosa el tramo hasta la puerta de la vecindad, pensando en el campo, campo, campo, puerta, vuelta a la manzana con nostalgia dormida doblar la esquina nostalgia cada vez más vieja y pesada mediodía tarde Juan María demacrado dobla la esquina, oye estertores y sonríe o lo intenta y el intento es una mueca grotesca, desencajada, casi cadavérica; se tiene que apoyar en la puerta de la vecindad. Ya ven, lo logré, se está muriendo. ¿Qué has hecho Juan María?; apóyate en mí Papá, aquí estoy, sin maquillaje y bañada para que me vuelvas a querer. Tenías razón mujer, se está muriendo. Se deja conducir hacia el interior de la vivienda, lo acuestan sobre la cama y ve el caballo con su galope agónico emerger de las manchas de la pared, se encabrita, echa la crin al viento y se evapora relinchando y su relinchido es un preludio de muerte que penetra por cada poro de la piel y por los ojos y por los oídos y por cada pelo y por las uñas; se respira y huele a muerte, se traga y se sabe a muerte; queda el sueño casi olvidado, un sueño de su primera juventud, ahora tan vivo, tan asustado, que prefiere seguir la suerte del caballo. El viejo llora sin saber porqué; ya no piensa en el campo, ahora piensa en los edificios, en las calles sin final recortadas en la lejanía por su inevitable unión, por última vez en su nostalgia acabada de morir; o llora por haber sabido hasta el final que las nostalgias anidan en el corazón y que antes de morir lo revientan sin permitir otra cosa que imágenes fugaces; después queda una pena honda, sin fondo, o tal vez con una de agujas, o de sangre saliendo a borbotones del centro de la tierra e irse sin rumbo, como río errante a conocer su cuenca entristecida, sus riberas desiertas, sin carrizos, que voltean a ver el cielo y pájaros en parvadas volando azul… se pierden. El río ¿corriendo o durmiendo? En el crepúsculo se desboca, lo reconoce como destino y va tras él… está el mar de pormedio; queda atrapado; y antes de dejar de ser río, tiene la sensación de ser una mariposa desalada, sin vuelo posible, sólo imaginario, en alas amarillas de mariposas nocturnas que agitan la luz desvaída de luna… la mariposa muere soñando, el río se pierde en el mar, el viejo se enfría.

Pinto