Sunday, January 6, 2008

El diluvio

Cuentan los chamanes de mi pueblo que hubo un momento en la vida de los hombres en que todo estuvo tan tranquilo y perfecto sobre la tierra que las gentes se entregaron a los placeres y los goces de la vida, en perjuicio de la memoria de sus dioses. Cuentan también que había por aquel entonces un hombre que se dedicaba a labrar la tierra, a quien todos conocían como Watakame, que significa hombre desmontador o labrador de la tierra. Fue él, el elegido por los dioses para construir la canoa, en que se salvarían los hombres y su mundo, del peor diluvio de todos los tiempos.

Watakame era un personaje apartado y misterioso, excesivamente trabajador y comprometido con su oficio. Cosecha tras cosecha ampliaba infatigable su parcela, desmontando el bosque circundante. Acostumbraba salir a trabajar muy temprano y una vez en su parcela unas pocas palabras mágicas bastaban para que cada uno de sus diez dedos se convirtiera en un fiel y tesonero ayudante. Todo en su pequeño mundo marchaba bien hasta el día en que llegó a las márgenes de su predio y se encontró con que los árboles que había tumbado la jornada anterior estaban de nueva cuenta en pie. Se rasco la cabeza, desconcertado y sin decir nada se avoco con sus diez ayudantes a cortarlos otra vez.

Regresó a su casa bien entrada la tarde y después de comer se durmió profundamente, sin soñar absolutamente nada. La siguiente mañana despertó cuando el sol apenas se desperezaba tras las montañas y al igual que cada uno de los días de su vida se dirigió a su trabajo. Se encontró por segunda vez que todo se había levantado y pensó: -Esto esta muy raro. Su vida había sido siempre tan regular que nunca había tenido que pensar con detenimiento en ninguna situación como esa.

Revisó cuidadosamente el lugar, para cerciorarse que no se había equivocado de sitio. Cuando finalmente se rindió ante la contundente evidencia, se recostó bajo la sombra de un esplendido mezquite para clarificar sus pensamientos.

Un par de horas desgranaron sus segundos hasta que finalmente un idea cruzó brillante por su cerebro. Voy a averiguar qué es lo que está pasando, me voy a quedar a espiar y así lo hizo. Ese día trabajo más arduamente que cualquier otro día de su vida y cuando la tarde se fue muriendo entre los jilotes y las mazorcas de su sembradío, no fue a su casa. Se escondió entre los arbustos y esperó para ver qué sucedía. Jamás en su vida había tenido que esperar por nada, todo llegaba exacto en su momento y su vida era tan perfecta como la de un reloj. No habían pasado diez minutos cuando ya estaba desesperado y todo le molestaba en derredor suyo. De repente de entre la nada apareció una anciana con un bastón, se paró en el centro de los árboles recién derribados, levantó su bastón y apuntó hacia los cinco puntos cardinales: Hauxamanakaa, Cerro Gordo, Durango. (norte); Xapawiyeme, Chapala, Jal. (Sur); (Wirikuta) Real de Catorce, S. L. P. (este) (Tatei Haramara) San Blas, Nay. (Oeste) Y el centro (Teakata) Una vez que la anciana hubo terminado de levantar su bastón en todas esas direcciones, todas las plantas y árboles cortadas durante la faena, regresaron a su lugar. Al ver esto, Watakame enfurecido, salió de donde se escondía con su machete en la mano dispuesta a acabar con la vida de la indolente anciana. Cuando ella le vio acercarse, con su brazo le indicó detenerse y le dijo:

-Watakame, todo tu trabajo aquí es estéril, porque el fin del mundo se acerca. Yo soy Nakawe, él espíritu de la diosa tierra y de la fertilidad. Estoy aquí para anunciarte que eres el elegido para salvarse y ser el creador de la futura generación que habitara la tierra después del diluvio. Tu misión es construir una canoa, en la que te salvaras tú y el mundo. Tienes solo siete días para conseguirlo, y no podemos perder tiempo. Entonces le señaló un enorme chalate (árbol) a su derecha. Ella le dijo lo vas a tumbar y vas a construir la canoa como te lo indique.
Watakame, no dudo ni un solo instante, había echo del trabajo su vida, pero respetaba a los dioses y a los pocos hombres sabios que le había tocado conocer. De inmediato siguió las órdenes al pie de la letra, hizo todo lo que la anciana le había dicho, Escarbó en el enorme chalate hasta dar forma a una enorme y esplendida canoa, junto a todos los animales, recolectó las semillas de todas las plantas, incluida Tatuutsi Nakawe (el espíritu de la diosa tierra y de la fertilidad). Durante seis días y sus noches trabajo incansablemente bajo las rigurosas ordenes de la anciana. Algunas veces sus parpados rebeldes se cerraban incontinentes y la voz serena de la anciana se colaba hasta su cerebro, haciéndole despertar bruscamente. Pero al final del sexto día, cuando todo estaba casi listo, la anciana le dijo: Ve con tus hermanos y diles que se preparen a salvar su vida. Fue hasta donde estaban sus chozas y hablo con ellos, pero no le hicieron caso, al igual que en muchas otras ocasiones se burlaron de él y sus extraños hábitos. Le preguntaban irónicos: ¿Por qué construyes una canoa tan grande, donde no existe un río tan caudaloso para hacerla navegar? ¿Para qué quieres tantos animales y plantas hermano, no te basta con poseer toda la tierra hasta sus últimos confines? Sus hermanos habían comido por muchos años de su maíz y de su bondad. Tan trabajador y productivo era, que mucha gente había dejado de trabajar y se alimentaba de las abundantes cosechas de maíz que cada temporada recogía Watakame. Él sin inmutarse les contestaba: -Estoy haciendo esto porque Nakawe me lo ordenó porque el fin del mundo se acerca. Ellos divertidos se reían y le decían que estaba loco al decir semejante tontería, que el mundo se iba a acabar, esto no se puede acabar, decían, porque nunca ha estado mejor que hoy.

Watakame, regreso triste hasta donde se encontraba Nakawe, y le contó lo sucedido, después dedico sus esfuerzos a mejorar la canoa. Esa noche subió a la canoa todas las semillas y plantas que había juntado y los animales por si mismos fueron llegando y ocupando su lugar. Watakame se quedo profundamente dormido esa noche, hasta que en el amanecer del séptimo día le despertó una lluvia muy fina que filtraba a través de una pequeña fisura en el techo de su nave. Rápidamente se dio a la tarea de arreglar todas la goteras en su navío y se aseguro de que los alimentos, las semillas y los animales estuviesen seguros. En ese momento llegó Nakawe y le preguntó si había subido su perrita negra, y hasta ese momento recordó a su fiel y querida compañera y veloz corrió hasta su casa y la trajo en sus brazos. La pertinaz llovizna se había convertido en cerrada cortina de agua que oscurecía casi totalmente el día, el estruendo de los rayos rebotaban peligrosamente en su corazón acelerado y en cuanto ambos subieron a la canoa Nakawe cerró la puerta y se subió encima de la nave, y desde allí comenzó a guiarla entre los árboles del bosque, mientras era llevada por lo que en un minuto fue un riachuelo salido de quien sabe donde, y así minuto a minuto el riachuelo duplicó su caudal y se convirtió en furioso río, y después en profundo mar. la canoa se comenzó a elevar a medida que el caudal de agua se incrementaba, y cuando estuvo por encima de árboles, montañas y cordilleras dicen que se dirigió hacia el norte hasta tocar las paredes del cielo y luego regresó al sur al igual hasta tocar las paredes del sur, después al este y al oeste, para finalmente detenerse en el centro del mundo, sitio hoy conocido como Teakata, y donde todos los que han ido dicen que aún se encuentra la canoa en que se salvó el mundo. Fue ese lugar donde Watakame pisó tierra por primera mucho tiempo después de que termino el diluvio y el mundo fue creado otra vez. Nawake descendió primero que nadie de la canoa y dibujó un círculo con su bastón, el cuál dividió con rayas, mismas que de inmediato se transformaron en montes, valles, ríos, lagos y arroyos. Después tomó las semillas y de un soplido las regó por todo el planeta y así surgió el nuevo mundo. Los animales descendieron de la canoa y se dispersaron por el mundo, reproduciéndose rápida y prolíficamente. Watakame bajo el último de todos y detrás de él su perrita, pisándole los talones. Respiro profundamente el aire fresco del recién creado nuevo mundo, le dijo adiós a Nawake y regreso al único mundo conocido por él, el de su trabajo

No le costó mucho acostumbrarse a su nueva situación, construyó una choza como la antigua y dedico sus esfuerzos a cultivar su principal sustento el maíz de cien colores. Cierto día al caer la tarde, llegó a su casa y encontró tortillas y comida preparada. No tuvo fuerzas ni ganas de preguntarse quien le habría echo semejante favor. Devoró frenético la comida y aún el último bocado, se quedo atrapado entre sus dientes. Al día siguiente salió tan temprano que ni siquiera recordó lo ocurrido. Cuando regresó cansado como pocas veces en su vida, volvió a encontrar la comida preparada, y como la noche anterior, no termino de comerla toda, antes de caer rendido sobre la misma piel donde comía. Después de ese día no volvió a reparar en la cuestión de la comida y dio por echo, que así debería de ser. Pasaron los meses, hasta que una noche se le apareció Nakawe en sus sueños y le dijo:


-Si quieres saber quién es la persona que prepara tus alimentos debes espiar tu choza durante el día. Así lo hizo Watakame y se sorprendió de encontrarse que su perrita en cuanto el se iba se convertía en mujer y arreglaba su casa y cocinaba su comida. Se sorprendió mucho pero no dijo nada y regreso a casa esa noche como todos los otros días. Pero esa noche Nakawe volvió a surgir en sus sueños y esta vez le dijo: -¿Ya sabes que tu perrita se convierte en mujer y te guisa tus alimentos y cuida de tu hogar?. Pero para que ella se quede convertida en mujer y sea tu compañera por siempre, tu deberás de quemar su piel, cuando ella vaya al agua, y cuando regresa debes bañarla con el agua con que lava sus manos cuando tortea y así tendrás a una mujer para siempre... .

Al despertar Watakame, se quedo en su lecho reflexionando sobre su sueño, y se dio cuenta de que en toda su vida jamás había deseado nada, excepto trabajar, pero hoy que lo pensaba le gustaría tener una mujer y todo lo que ello implicaba. Pensó en su hogar, en su comida, en los niños, en la compañera y deseo con todas sus ganas tener una mujer a su lado. Se escondió en un rincón de su choza tapado con algunas pieles y espero. La perra, creyéndose sola, como por arte de magia se comenzó a quitar la piel quedando convertida en una hermosa mujer, de esplendida cabellera negra y grandes ojos color miel, momentos después salió por el agua, y cuando regreso torteo la masa para las tortillas, preparó la comida de ese día y volvió a colocarse su piel de animal. En un descuido de la perrita, Watakame salio de su escondite y fue hasta su parcela donde se quedo meditando todo el resto del día, hasta que fue el momento de regresar a casa. Se sentó en la mesa y comió todo lo que estaba frente a él.

Esa noche no durmió ni un solo instante y por la mañana fingió salir a trabajar y regreso a esconderse debajo de las pieles del rincón. La perrita confiada se quitó la piel y se dispuso a ir por agua al manantial, en cuanto salió el hombre como de rayo salió de su escondite, tomó su piel y lo arrojó al fuego debajo del comal, hasta la choza se escucharon los aullidos de la perra convertida en mujer, cuando ella bañada en sangre regreso a la casa, todavía aullaba lastimosamente, pero apenas hubo traspasado el umbral de la casa, Watakame la baño con el agua en que ella se enjuagaba sus manos y de inmediato la piel ensangrentada de la mujer se transformó en una suave y delicada cubierta que hacia aún más hermosa a la mujer. Los aullidos se transformaron rápidamente en quejidos o gemidos de mujer, y de esta forma nació la mujer de Watakame y la madre de todos los huicholes. La pareja vivió feliz, tuvo mucha familia y de ahí surgio el pueblo huichol, y hasta el día de hoy, aunque otras investigaciones digan otras cosas, los huicholes provenimos de una perrita y del señor labrador de la tierra llamado Watakame...

Tacho..


El Origen del mundo.
Tacho

En la tierra de los huicholes, cuando la tarde cae, y los últimos rayos del sol calientan plácidamente a los mortales, los viejos y sabios ancianos se sientan entre los peñascos, para disfrutar de ese momento perfecto y rememorar cuando el mundo fue creado...

Cuando aún no existía el mundo y todo era tinieblas, más allá del puerto de San Blas, en un lugar muy adentro del mar, que los venerables ancianos huicholes llaman Kiyetuaripa, fue el sitio donde por primera vez hablaron las divinidades. En ese tiempo no existían sino dioses, y ninguno de ellos tenía cuerpo material, eran solo espíritus sin sustancia ni color; todos ellos se juntaron para crear el mundo y así poder descansar sobre el. Una vez reunidos comenzaron a discutir la manera de lograr semejante proeza, al ser dioses no existían imposibles para su poder, más formar un mundo requería de un tremendo sacrificio, aquel elegido, sacrificaría su existencia en beneficio de los demás. Tras largas discusiones no lograban ponerse de acuerdo, sobre quien sería el indicado para darle vida al ansiado proyecto. Una mujer de entre los dioses, dejo escuchar su voz y dijo –Yo, voy a hacer el mundo. El resto de los dioses, incrédulos le preguntaron -¿y podrás hacerlo? Ella contesto con firmeza. -¡Si¡ yo podré hacerlo. Ella estaba absolutamente segura de lograrlo, así que no dudo y sin perder un instante comenzó a transformarse, expandiendo su cuerpo trasparente e incoloro, en una sustancia amorfa, densa de oscuros matices y olores indescriptibles, paso algún tiempo hasta que finalmente los dioses pudieron vislumbrar ese vasto cuerpo que es la tierra, ese gigantesco planeta que habitamos, con sus miles de plantas, animales, piedras y flores, las divinidades sonrieron satisfechos y se felicitaron los unos a los otros, antes de decirse adiós.
Una vez que tuvieron la tierra los dioses para descansar, se posaron sobre ella y la disfrutaron alegremente sin remordimientos, ni penas. La felicidad duro hasta el día en que se dieron cuenta de que algo faltaba sobre esa tierra gris, extensa e infinita. Se percataron de que todo era oscuridad, y no era posible mirarse el uno al otro, ni las miles de cosas que ahora existían, así que decidieron volver a reunirse para plantear esta necesidad y decidir lo que habrían de hacer. En este segundo encuentro, los dioses se preguntaron ¿De que forma lograremos esclarecerlo todo, de que manera lograremos tener luz? De entre ellos, una segunda mujer se abrió paso, y dijo con firmeza, yo les daré la luz. Los dioses, por segunda vez dudaron y le preguntaron si ella sería capaz de hacerlo. Ella sin decir palabra, se elevo, colocándose por encima de la tierra y convirtiéndose en un precioso satélite de luz ambarina y difusa al que le llamamos luna.

De esta manera, los dioses tuvieron finalmente una tenue luz, que bañaba todos los objetos sobre la faz de la tierra, y que les permitió conocer sus rostros blancos y descoloridos; sus cuerpos grises y esmirriados. Los dioses estuvieron contentos durante algún tiempo, pero poco a poco se dieron cuenta de que la luna, provocaba nevadas, lluvias y sobre todo frío. Hubo necesidad de una tercera reunión, en la que se discutió la posibilidad de lograr el calor. Pensaron en otro dios que hiciera posible la luz total y el calor que tanta falta les hacía. Mientras los dioses discutían quien habría de sacrificarse de entre ellos para crear el calor y la luz, a la distancia les sorprendió una enorme y cegadora llama, que a medida que se aproximaba iluminaba todo cuanto había en derredor y les contagiaba de una placentera sensación de calidez. Cuando estuvo cerca, entornando los ojos pudieron descubrir la figura de un cuerpo en el centro de la llama misma. Era el hijo del dios fuego, que había sido enviado por su padre, para conseguir alimento, leña y troncos secos con los cuales alimentar su hambre infinita.

Al verlo los dioses, pensaron atraparlo, pero era imposible sujetar a tan escurridizo personaje, que divertido, dejaba que sus lenguas de fuego, se cebaran sobre las esmirriadas y blancas superficies de los dioses. Después de infinitas quemadas, desistieron los dioses de su propósito. Una estrella que desde el infinito les contemplaba, les pregunto a los dioses que sucedía a lo que ellos respondieron con tristeza, que no podían atrapar al fuego, y que les era tan necesario para tener luz y calor. Ella les dijo que ella podría hacerlo, y vertiginosamente se lanzo desde el espacio sobre el fuego, derribándole de forma sorpresiva. Los dioses se acercaron sobre el fuego derribado, descubriendo un anciano, con su bordón adornado con plumas de águila y flechas. Al intentar sujetarlo, el anciano, se convirtió en una enorme águila que se lanzo presta en rápido vuelo, los dioses tras ella lograron darle alcance, pero al derribarla sobre la tierra, esta se transformó en feroz tigre que de un vigoroso salto de desembarazo de todos ellos, iniciando una veloz huida, los perseguidores tenaces consiguieron acorralar al tigre al pie de una escarpada montaña, pero ante sus ojos se transformo en huidiza serpiente que, aprovechando una leve fisura entre las rocas logró escabullirse de nueva cuenta. La persecución que los dioses hacían del fuego, y la transformación de este incontables animales se volvió infinita, hasta el punto que uno de los dioses, más sabio y perspicaz que los otros, adivinando la necesidad primordial del fuego, le llamó dulcemente, prometiéndole que si se sometía a sus deseos, le entregaría comida por siempre, para que jamás tuviese hambre, ni tuviese que trabajar para procurársela el mismo. Solo entonces el fuego se dejo atrapar y desde entonces los dioses tuvieron el calor y luz con los cuales vivir una vida buena, y el fuego obediente desde entonces, se deja consentir mansamente en sus hogueras. Sin embargo, de vez en vez, cuando molesto o caprichoso por algún desdén u olvido, deja sentir su enorme poder arrasando bosques, pueblos, ciudades y vidas, con un hambre y violencia increíble, para que dioses y hombres entiendan que existe un compromiso.


Los dioses siempre insatisfechos, pronto comentaron a quejarse, de que la luz del fuego era insuficiente, solo bastaba para alumbrar un pequeño despacio, fuera de el, todo seguía siendo penumbras y tinieblas. Además el calor, también era escaso para todos aquellos que se alejaban del manto protector del fuego.

Así que hubo necesidad de una cuarta reunión, en ella los dioses discutieron la necesidad de construir un sol, un cuerpo inmenso de fuego que llenase todos los espacios de la tierra de luz y de calor. De entre ellos, alguno comento que existía un candidato perfecto para convertirse en el sol, un pequeño dios niño, quien se divertía jugando con una rueda, la cuál tenía las figuras de los dioses principales; el niño lanzaba al aire la rueda y con su arco la flechaba, sin errar tiro. Los dioses asintieron en que los dones del niño le convertían en el candidato ideal para convertirse en el sol, que con el calor y luz de su fuego incandescente les procuraría felicidad a dioses y seres vivos sobre la tierra. Los dioses más sabios, los conocedores enviaron a varios de entre ellos a atraparlo, sin embargo, al igual que les sucedió con el fuego, el niño se les escapaba graciosamente convirtiéndose en todos los animales imaginables del mundo, hasta que a alguno de ellos se le ocurrió preguntarle que aceptaría a cambio de cumplir sus deseos. El niño pidió una ceremonia especial de toda la vida y una peregrinación a Wirikuta ( Sitio ubicado en Real de Catorce). Una vez que el niño se dejo atrapar con la promesa de los dioses, de cumplir su petición, estos intentaron arrojarlo en una enorme hoguera, que habían preparado, para que el se convirtiera en sol. El niño les dijo que no era necesario, que el conocía su destino y sabía lo que debía hacer para lograrlo. Dirigiéndose hacia ellos les dijo - escuchen mis pasos, y para que vean que no les estoy mintiendo, en este momento me voy a arrojar en la hoguera. Dando un enorme brinco se proyecto de sur a norte, y luego en sentido inverso. Para acto seguido brincar de oriente a poniente y en sentido contrario, cayendo finalmente en el centro de la hoguera, tal y como lo pudieron constatar, los conocedores, quienes le escucharon cada una de las veces que cayo en los cinco puntos cardinales. Fue en el quinto impacto que despareció, pero no sin antes decirles que esperasen por el sol en Wirikuta, sitio que desde entonces se le llama “el cerro quemado”. En ese lugar esperaron pacientemente los dioses, y cuando finalmente los primeros rayos del sol aparecieron tras el cerro, todo el lugar se ilumino y los poderosos rayos comenzaron a quemar cuanto objeto se encontraba allí, ello fue porque el sol estaba demasiado cerca. Entonces los dioses le pidieron al venado (Tamatsi Kahauyumarie) que lo retirara y así lo hizo, empujándole vigorosamente con sus cuernos lo alejo lentamente hasta el sitio correcto, desde donde cumple su misión cotidianamente. Dicen los viejos chamanes que al ver la luz del sol, muchos de los animales acostumbrados a la oscuridad, corrieron a esconderse, algunos en el mar como los peces y calamares; otros debajo de las piedras como son las serpientes y alacranes, sitios en los que aún moran.

Pareciera que esta historia debiera terminar felizmente con la satisfacción total de todos los dioses con todos estos importantes logros, sin embargo, la naturaleza perfeccionista y descontenta de los dioses, muy rápido volvió a manifestarse, y al ver los dioses, como se elevaba el sol por los cielos, empezaron a discutir sobre cómo le llamarían a esa bola enorme que los asombraba llenándolos de calor, dándoles tanta luz como la que ellos deseaban: así el dios gallo dijo.- Tataxari, que significa viene saliendo, y hasta la fecha lo sigue repitiendo obstinadamente, cada día antes de que el sol salga; El guajolote que pudo admirarlo en toda su belleza una vez que hubo salido, dijo.- tau, tau, tau, y hasta la fecha es la forma en que lo llaman los huicholes. Así pues el sol se llama tau, pero su nombre original según lo mara’akate es Tawexikia, historia que es parte de otro capítulo...




El poema y la palabra

Y cuando por fin había decidido
cambiar el nombre de las cosas
y los hechos más o menos trascendentes
por cuestión de higiénica composición
atendiendo de lectores escrupulosos
de la Biblia y el Cantar de los Cantares
comprendí en invisible lazo que nos ata
y/o que ata
la resonancia de las palabras
con el ventrículo derecho del corazón
afectando vía pulmonar a la piel
con un tono morado oscuro
que distingue a la falta de oxígeno
sabiendo que cualquier tonto nos podría decir
que se trataba de un suicidio por falta de
comprensión semántica.

Entonces he ahí pues que
todo poema es un lindo disfraz para los ojos
que convierte lo oscuro en brillante
y lo grosero en sacra celebración
por ello no debí borrar palabra alguna
y que aquellos astrólogos,
los lectores de la Biblia y el Cantar de los Cantares
y todos los lectores que pueda haber,
lectores del cielo, sus astros y sus ciclos,
lectores de la tierra, sus alimañas y sus aguas,
lectores de las plantas, sus arbóreas y sus leñosas,
lectores del hombre, sus ciervos y sus sátrapas,
eran buenos lectores, antes que nada,
del periódico y sus infames noticias.


villano

Saturday, December 8, 2007

La última batalla


Todas las noches la espero trepado en la ventana, escucho desde que abre la puerta sus pasos que atraviesan el pasillo y suben por la escalera. Corro y me escondo bajo las cobijas, luego se enciende la luz, descubre mi cara, y me da un beso. Después, en la oscuridad, ya nada más escucho el rechinar de la cama cuando se mete entre las sábanas. Hace muchos meses que pá no está con nosotros, yo creí que siempre estaría conmigo. Lo extraño, principalmente en la Navidad cuando me ayuda a abrir los regalos; entonces siento bonito cuando descubro lo que me trajo el niño Jesús. A mi siempre me trae los juguetes que tanto me gustan: soldaditos, pistolas, rifles y cañones; tengo muchos y por las tardes, después de llegar del colegio, los acomodo como dos ejércitos a punto de iniciar la batalla y me paso horas y horas tirado en el piso apuntando y disparando con sus rifles en miniatura, colocando los cañones y haciéndolos avanzar, mientras que simulo los disparos y las órdenes de los generales. Con mis manos tiro los soldaditos que caen en medio de gritos de dolor, luego los aparto y los voy echando en la caja de juguetes, hasta que uno de los dos ejércitos resulta victorioso. Entonces recojo todo y lo guardo hasta el día siguiente.
Siempre me ha gustado mirar por la ventana, mis padres me lo han prohibido, pero me gusta estar encaramado ahí, viendo todo lo que sucede, también para jugar a las guerritas… Yo creo que me gustan tanto, porque a mi papá le gustan las armas, tiene muchas y cuando no está en casa, las saco del ropero para jugar con ellas. Son como mis pistolas y las de mis soldaditos, sólo que más pesadas y más frías. A veces, cuando nadie está en casa, me pongo a apuntarle a las cosas desde la ventana, imagino que con solo jalar el gatillo se borran todo lo que no me gusta. Es bonito sentir que puedes desaparecer cualquier cosa fea que pongas enfrente de tu arma.
Me acuerdo mucho de papá, los últimos días que estuvo con nosotros estaba triste, yo no sabía porqué, cuando le preguntaba, él me decía que todo estaba bien, pero me daba cuenta que algo pasaba, porque ya no quería jugar conmigo y su mirada andaba perdida. Entonces dejé en un rincón la caja de mis juguetes y las tardes se hacían largas viendo por la ventana, esperando que toda la tristeza que sentía papá, se fuera para que regresara otra vez a mis juegos y estuviera conmigo y luego me enseñara como se manejan sus armas. Una noche que papá estaba en el trabajo llegó mama, creí que llegaban juntos, pero en la luz que ilumina la puerta de mi casa, me di cuenta de que era otro el señor que la abrazaba, entonces supe porqué estaba triste, y pasó lo mismo algunas otras noches, y su tristeza crecía y no veía cuando volviera otra vez a jugar conmigo.
Ya casi son dos años que papá se marchó y hasta se me olvidó como jugaba a los soldaditos, la última vez que lo vi fue aquella noche en que mi mamá llegó con aquel señor, cuando mi pá estaba a punto de llegar del trabajo. Supe que algo extraño sucedía, porque mi mamá había preparado sus maletas y el señor llegó y se puso frente de la puerta.-Me bajé de la ventana y fui hasta el ropero, mamá llegó entonces y me dio un fuerte abrazo y un beso y comenzó a bajar, lo abrí; ya no estaba la pistola que tanto me gusta, en cambio encontré el rifle, escuchaba los pasos de mamá bajando por las escaleras lo tomé entre mis manos, y me fui hacia la ventana; los soldaditos estaban guardados, cuando pasé junto a ellos sentí la misma sensación de cuando en medio de mis juegos iba barriendo con el ejército enemigo y llegué y ví a ese señor esperando. Yo sólo quería desaparecer las cosas feas que entristecían a papá, apunté y jalé del gatillo.
Cuando el señor cayó agarrándose el pecho y ya no se volvió a mover, apareció mi papá como si hubiera estado oculto en la oscuridad y bajo la lámpara de la puerta me miró. Yo creí que se iba a disgustar, algo le dijo a mamá y ella subió llorando, me quitó el rifle y me abrazó. Supe que no estaba enojado porque en sus ojos no había rencor sólo una sombra los empañaba como si le hubiera llegado otra nueva tristeza. Ahora que ya ha pasado el tiempo sé que lo que se llevó aquella noche fue la tristeza de no volver a jugar nunca más conmigo y el revólver que apenas alcanzó a ocultar entre sus ropas cuando se volvió para decir adiós.



Hawkmoon


El sueño y la bruma


Desliza sus manos sobre la tela, la noche se mete entre las sábanas para tejer las ropas de los sueños y para abrirle paso a los pensamientos. Está sola como desde siempre y sus ojos que quieren ver no logran penetrar la bruma. Siente la noche y la oscuridad como parte de su ser tomándole de la mano para llevarla a los rincones de su pasado, a todos aquellos recuerdos que componen los días de la historia de su vida, la ruta de los deseos que se volvieron pócima para conjurar los sueños. Gira hacia un costado y el movimiento despierta sonidos que se confunden y que solo se van aquietando si cesa de respirar, contiene el aliento hasta la desesperación, hasta que su corazón palpitante es el único vínculo con la vida, el último vínculo con la existencia en toda esa negrura envuelta de silencio. Es entonces que hiere el recuerdo y que quisiera que todo fuera distinto para envolver entre sus brazos a su propio yo y llevarlo por otro camino, salvando las penas y alejando los sinsabores, llegando hasta esos momentos en que no existe nada. Gira hacia su otro costado y el sueño se espanta., sus ojos se abren todos y no quiere mirar, tampoco recordar que hace años fue joven y fue madre y que a veces lo que hacemos no encuentra su lugar en nuestras vidas. ¿Mi hijo? Se pregunta en todas las noches y un caudal de sentimientos se desbordan, llenándola de sensaciones para las que no tiene palabras, y solo los recueros la arropan en esta persecución de la razón. Toma la sábana y la estruja entre su mano, se la lleva al pecho, al rostro y siente un aliento; el mismo aliento de su patrón cuando trabajaba hace tantos años en la casa de aquella familia rica, el mismo aliento que la visitaba en las noches y que tenía un cuerpo y una presencia que la sofocaban y robaban el aire, ese mismo aliento que la expulsó cuando supo que iba a ser madre, y que la sumió en el abandono a ella y a su pequeña criatura que apenas hacía bulto en medio de sus brazos y que tuvo que regalar cuando se le estaba muriendo en medio de toda su desesperación para alimentarla.

El aire de la noche es frío, se lleva las manos a su rostro y sigue sus trazos, acaricia el mentón, las mejillas y entre sus ojos sus manos se humedecen y le recuerdan el aire frío del hospital donde desde hace tiempo trabaja, jala la sábana y se cubre completa como un cadáver de los que a diario contempla, a los que registra y anota para cuando alguien los reclame. Estos muertos que tanto se parecen a ella, que tiene en sus rostros impresa la historia de sus vidas son los únicos amigos a los que puede decir algo, a los que platica su pena, los únicos en que puede confiar. Fueron sus cómplices en aquella noche de su muerte los testigos del último encuentro entre ella y su hijo, aquel hijo al que reencontró después de tantos años perdidos, y al que no podía abrazar y contarle de su tristeza cuando lo perdió, y al que imaginó creciendo en cada una de sus noches, dibujándole todos los rostros imaginables. Después cuando la imaginación cesó llegaron los sueños y ahí estaba él otra vez sin nombre y sin rostro solamente él en medio de toda esa negrura. Igual a la noche que le citó para que conociera la historia de ambos y su superación. Entonces estaba ella en medio de la habitación, dentro del féretro o más bien estaba uno de tantos cadáveres que llegan al hospital y que ella había tomado para que estuviera en su lugar y pudiera fingirse amiga de si misma y decirle cada una de tantas palabras dichas al vacío. Tenía tanto que decir por todo lo que había callado pero sabía que era inútil irrumpir en una vida que bien se las había arreglado sin ella, por eso inventó todo, por eso se pretendió muerta para liberarlo de una relación que no tenía futuro; por lo demás la muerta la estaba rondando y si en los últimos años vivió rodeada de ella muy pronto sería parte de ella. Aquella noche le tuvo entre sus brazos, sintió su carne próxima a la suya le escuchó llorar. Con la mañana su hijo se marchó a reincorporarse a su vida, ella se quedó a esperar las últimas noches frías y silentes, envueltas en todos esos recuerdos que tercamente regresaban para abrirle paso a los sueños, al imperio de las sombras. Se tiende boca arriba, poco a poco se abandona al cansancio y al sopor y afuera la noche sigue igual, húmeda, oscura…fría.

Hawkmoon



El sueño del puñal

Hay muchas formas de morir, Nazario lo hacía en silencio, sin quejarse; oyó campanadas muy lejos, aunque estaba tendido en el atrio de la iglesia, justo debajo del naranjo, oliendo el azahar y su sangre. Volvió a oír el tañir más lejano y entendió que se despedía de la vida. Sintió una punzada en la espalda; la herida se enfriaba y el puñal seguía clavado en la carne cortada; lleno de sangre, tranquilo, cumpliendo su objetivo infame, o tal vez infame, porque al fin y al cabo ese es el destino de los puñales y tarde o temprano lo cumplen y no pocos lo repiten. Los puñales son inmortales y algo irremediable, algunos son cobardes, ¿ o los hombres son los cobardes? Se sueñan de rojo y el sueño lo recogen de los hombres, y estos sueñan sangre y otras cosas, pero los puñales sólo sueñan rojo porque los hombres cuando los sueñan, los sueñan ensangrentados. Nazario nunca soñó puñales, él soñaba su tierra y su mujer, por eso, para el que tenía clavado en la espalda, fue sencillo cumplir su destino y para el hombre, realizar su cobardía.

* * *

Los dos caballos, con su paso rápido, soportaban a sus jinetes con una furia contenida mascullando el freno cada vez que les clavaban las espuelas en los flancos.
-¿Quiénes son esos dos que nos encontramos? –preguntó el del caballo azabache.
-Nazario y su mujer, Patrón.
-Bonita mujer ¿Eh? ¿Y que hace ese tal Nazario?
-Cultivar la tierra ¿Qué más podría hacer?
-Esa mujer es casi una niña.
-Nazario también es muy joven, tienen poco de casados.
-Bonita mujer-repitió y clavó las espuelas al azabache.
- J aja ja ya le gustó Patrón.
Llegaron al portón de la casa y desmontaron.

* * *
-¿Conoces al Patrón?
-Sólo de vista, nunca he platicado con él ¿Por qué lo preguntas?
-Por nada; dicen que es un mal hombre.
-Sí, eso dicen y te voy a decir algo, siempre que lo veo venir, si puedo, me voy por otro lado, o agacho la vista, creo que le tengo miedo.
-¿Le tienes miedo?
-Sí.
-¿Te ha hecho algo?
-No, es por lo que dicen.
-Yo también le tengo miedo- dijo Fátima y siguió comiendo frijoles.
Estaba en una mecedora de mimbre, reposando la cabeza en el respaldo y contemplando el río, que lento, se perdía entre los álamos y los pirules.
-Me mandó llamar, Patrón- le preguntaron.
-Sí- respondió y enderezó la cabeza- ¿Te acuerdas de Nazario?
-¿El que nos encontramos el otro día cuando veníamos de los potreros?
-El mismo. ¿Ha dicho algo de mí?
-No Patrón, él nunca dice nada.
-Acuérdate debe haber dicho algo, todos en este pueblo lo han hecho alguna vez.
-A ver … déjeme ver.
-Acuérdate bien y verás.
-Creo que una vez dijo que le gustaría matarlo. Estaba borracho –mintió y el otro sabía que lo hacía.
-Así que eso dijo ¿Te gustaría tener su tierra?
-Que pregunta, es de las mejores.
-Si él me quiere matar, lo mejor es que me adelante – tenía en la cabeza los ojos claros de Fátima -¿No crees? – y su pelo castaño -. Así que encárgate de él lo más pronto que puedas –y su cuerpo delgado.

* * *

El hombre besó a la mujer; y la mujer se estremeció, más que por el beso, tal vez por un presentimiento… y la mujer besó al beso del hombre y lo sintió tierno, más que la luna cuando apenas es una raya oblicua en el cielo… pasaron la noche abrazados, desnudos.

-Nazario –dijo la mujer; no te levantes todavía, espérame y al mediodía iremos juntos a misa.
-Sabes que me gusta ir a esta hora – le contestó poniéndose el pantalón; si quieres vuelvo, a ir contigo – se abrochó el cinturón, se sentó al borde de la cama y se agachó buscando las botas, sin ver-, sería mejor que me esperaras- fijo Fátima tratando de convencerlo –tengo un poco de miedo.
-No te preocupes, todas las mujeres lo tienen –abrió la puerta y aspiró, le gustaba respirar la primera mañana y esa vez estaba ya un poco pasada-. Vendré pronto, si quieres quédate otro rato acostada- cerró la puerta, oyó bifar al caballo y bajo el cielo ralo de estrellas se dirigió a la iglesia, llegaría antes que dieran la primera.

* * *

-Lo está esperando, Patrón, no quiere venir.
-Esta bien –aflojó la rienda y golpeó con la palma de la mano la enanca del caballo.
-Buenos días Fátima.
La mujer se encontraba al otro lado de la cerca de piedras.
-¿Conoce mi nombre?
-Claro ¿Quién no lo conoce?
-Si busca a Nazario no está.
-Te busco a ti.
-¿A mí? ¿Para qué?
-Para que te vayas conmigo y seas mi mujer.
-Yo ya tengo hombre.
-No, no tienes, lo acaban de matar. Le clavaron un puñal en la espalda.
-¿Y usted cómo lo sabe? –vio por el callejón a la beata que venía subiendo apresuradamente. No tuvo tiempo de sentir dolor. Se encaró con el hombre-. Espere un poco voy por mis cosas.
-¿Para qué? Yo te daré lo que quieras, súbete al caballo –dijo el hombre apresurándola.
-Déjeme ir por mi rosario para rezar algo por Nazario, para sentirme menos culpable ¿Entiende? –entró a la cocina y volvió envuelta en un rebozo multicolor, subió a la cerca y se acomodó en la enanca del azabache-.Estoy lista, no vayas muy aprisa porque puedo caer.
-Abrázate de mí –sugirió-; y en el abrazo sintió el filo del puñal que lo degolló, como un gusano quemador; la cabeza le cayó sobre el pecho, tenía los ojos abiertos; lo último que pensó fue que la sangre que escurría por la camisa era el sueño rojo de un puñal. Siguió cabalgando, muerto.

Pinto

Sunday, December 2, 2007


El caballo y la nostalgia

Con el amanecer plomizo y el paso obligado, laborioso como el aleteo de un pájaro enfermo, el viejo, vuelve de trabajar. Dobla la esquina y su nostalgia diaria, aprendida de memoria, llega puntual, con la exactitud de un reloj antiguo, recorriéndole el cuerpo de huesos cansados, de carne fría, de ojos somnolientos que imaginan la salida del sol, allá, en el horizonte compuesto por una inmensidad de casas y edificios que a esa hora se antojan monstruos tristes. Nunca se detiene, camina sobre la banqueta pestilente, sobre los escombros de una noche azarosa, sobre su nostalgia regada durante años; la nostalgia vieja, más que él, porque las nostalgias nacen viejas y envejecen y se vuelven achacosas, graves, obsesionadas en un recuerdo. El lo sabe y desde la esquina extraña el campo pálido de otoño con voz de hojarasca; el campo y sus mañanas de enero con trinos entumidos de pájaros friolentos; el campo, la noche y la luna de la noche cantando una canción amarilla que nadie oía[ el campo verde, verde y más verde de muchos verdes mojados de finales de junio. Entra a la vecindad y la nostalgia vuelve a su pereza habitual; a envejecer dormida; ya no se da cuenta que el hombre se siente menos viejo, ni que cruzando saludos llega a su vivienda; a la entrada, la cocina y el baño acondicionados en una estrecha franja techada con láminas; al fondo, un solo cuarto con pintura azul descascarándose, donde caben dos camas de latón adquiridas con el ahorro de los primeros meses de trabajo por la época en que llegó a la ciudad. “Es el principio — pensó en aquella ocasión —, Ahora que me case trabajaré para comprar una casa; por lo pronto no quiero que mi mujer vea esto tan solo; cuando venga, le diré que una es para nosotros y la otra para nuestro primer hijo, si es que todavía vivimos aquí cuando nazca”. La mujer encontró la vivienda confortable, más que por otra cosa, por aquel amor fresco con olor a campesino que hacía planes y veía el futuro como algo bello y prometedor, por aquel amor que trajo sus sueños en un caballo fantasmal que no asusto nunca a nadie, porque se perdía en la multitud que se movía como un enjambre sin panal, con su murmullo ensordecedor e insoportable, y el galope resultaba inútil. Ella nació en la ciudad y sabía que ahí se muere y se nace a diario, que los sueños no tienen cabida, las pesadillas alargan el día haciéndolo interminable. No se lo dijo, dejó que soñara despierto y dormido, que luchara sin desfallecer. Le gustaba quedarse despierta, después de haberse amado, a velar el tranquilo reposo del hombre; su respirar cristalino de los atardeceres primaverales de su infancia y su primera juventud. Lo descobijaba y en su cuerpo percibía aún el viento y los arroyos y el aroma de azahares y de botones de flores silvestres de la tarde primaveral del respirar del hombre; no resistía, pegaba su cuerpo desnudo, joven, al otro cuerpo desnudo y joven, y con la boca y nariz aspiraba su aliento y se sentía una mujer transparente, hecha de la más pura agua, de la que brota de los manantiales que nacen en los lugares en los que únicamente los pájaros pueden beber. A veces el hombre despertaba y era un gran pájaro dorado, salido del sol de su tarde que terminaba su corto vuelo posándose en el manantial, abrazándolo con su pasión quemante de pájaro de fuego y dejaba de ser pájaro y el manantial de ser manantial… quedaba agua agitada, ardiendo en dos llamas… en una sola, de hombre mujer, hasta consumirse. Estando así, algunas veces estuvo segura de oír el galopar del caballo, hasta antes de la madrugada aquella en que la despertó con su relincho doloroso y desangrado ¿ o desoñado? Con el último sueño en la crin, se fue, tal vez, a pastar a una pradera de estrellas, o a la noche y sus cascos fantasmales la estrellaron toda; se levantó y estuvo junto a la puerta aguzando el oído por si lo oía volver…, pegó su cuerpo al del esposo y su boca a su boca y nada… nada… nada; ni caballo, ni tarde primaveral, ni mujer de agua… enjambre, zumbido de enjambre… amor amargo… hombre y mujer iguales, zumbando y oyendo zumbar, enloqueciéndose en medio del enjambre sin entender absolutamente nada; odiándolo; siendo parte de él… eso quedó. También una nostalgia feroz, la de Juan María que no dijo una palabra cuando le hicieron saber que en adelante sería velador, porque después de los cuarenta no se sirva para nada más. De ahí en adelante durmió de día y envejeció de noche, y su vejez se hizo oscura y fría, con paisajes de calles invadidas de anuncios de gas neón, de automóviles desesperados, llenos de borrachos y prostitutas maquilladas de prisa; y él, viviendo años nocturnos; esperando el domingo para ir a visitar a un hijo a la penitenciaria, o esperar la visita de las hijas casadas, visitas cada vez menos frecuentes; resignándose; diciéndose una y cien veces cada hora que los dedos que perdió en el accidente de trabajo no hacen falta para nada, menos si no se labora directamente en las máquinas: “para ser un buen velador, basta con mantener los ojos abiertos, o un ojo” pensaba a veces con optimismo mientras bostezaba imitando por instantes el eterno bostezo de las alcantarillas que dejan escapar la hediondez de la ciudad. Al llegar el primer turno de obreros, la jornada termina; caminar dos cuadras, esperar el camión, viajar semidormido, caminar seis cuadras, tomar aire, doblar la esquina, soportar la nostalgia hasta la puerta de la vecindad, llegar a su vivienda y preguntarle a su mujer:
— ¿Dónde está Esther?
— No debe tardar, fue al mercado –contesta la mujer sin abrir los ojos —,Come algo antes de dormirte. Si vas a preguntarme si está caliente el café, sí está —le ahorra la pregunta al viejo—, Yo misma lo preparé hace poco.
— Me parece bien que conozcas mis gustos — dice el viejo con satisfacción —, Fue una noche fría y el café me calentará; después dormiré sin remordimientos, despertaré temprano y volveré a dormir a la hora que lo hace la mayoría de la gente. Mañana es mi día de descanso, así que iremos al reclusorio y por la tarde al zoológico o al cine.
— Prefiero ir al cine — dice la mujer desde su entresueño, tomando las palabras del viejo como una proposición —; exhiben una película que hicieron en el barrio y dicen que se ve la puerta de la vecindad.
— ¿ Y eso que tiene de extraordinario? Nosotros la vemos todos los días y ahora resulta que tenemos que pagar por verla.
— Tengo curiosidad de ver el barrio en el cine — explica en tono convincente, con los ojos abiertos pero sin moverse —. Ahora ve a comer antes de que todo se enfríe no quiero calentar de nuevo…
No termina la frase, Esther acaba de llegar y está a un lado del viejo, con los ojos enrojecidos, el rostro hinchado y el vestido lleno de manchones de sangre.
— ¿Qué te paso? — pregunta el viejo sobresaltado.
— Me golpeo un hijo de perra — contesta la muchacha dirigiéndose a la madre como si ésta le hubiera preguntado — Me volvieron a pegar, mamá.
— ¿Quién te pegó? — insiste el viejo.
— Cálmate un poco. Después hablamos — dice la mujer con urgencia, tratando de que la muchacha no diga más.
El patio se llena con voces de mujeres que hacen las últimas recomendaciones a los niños que salen corriendo a la escuela. De una consola surge una música tropical que, como gallo citadino, anuncia tardíamente que el día ha comenzado. Adentro, la muchacha estalla:
— ¡Que me calme! — grita — ¡Mírame! ¡Ve como vengo y tú me pides que después hablemos!
— ¡Te golpearon en el mercado? — pregunta el viejo sin acabar de salir de asombro.
— ¡Nada que después hablamos! ¡De una vez por todas quiero que sepas que no saldré más aunque nos muramos de hambre!
— Descansa un poco — sugiere la mujer. Trabajosamente se sienta en la orilla de la cama y, con los pies, busca los zapatos —. Vamos, hazme caso — insiste con suavidad.
— Ya no irás al mercado, hija, lo haré yo al volver del trabajo — dice el viejo resueltamente después de una breve reflexión —. Ahora dime quien te pegó para ponerlo en su lugar. ¿Fue alguien del mercado?
— ¿De dónde? ¡Ay, papá! ¿Tú crees que vengo del mercado? Pobre de ti — se compadece haciendo caso por primera vez del viejo —… Del mercado — mueve la cabeza negativamente y suelta un llanto agudo, confundido, con risa sorda. Se limpia las lágrimas y pregunta ¿De veras crees que todas las mañanas vengo del mercado?
— No hagas caso, Juan María — dice la mujer con los zapatos puestos, todavía sentada.
— ¿Entonces de dónde vienes? — pregunta el viejo como si no quisiera oír la respuesta. Su voz suena queda, ronca, con los matices del ronroneo de un gato en los brazos de una vieja. La muchacha se acerca y le llega su aliento alcohólico — ¿Estás tomada?
— ¿No adivinas de dónde vengo? — la voz es también queda, igual a la del viejo.
— No ¿De dónde? — la voz es más baja.
— Vengo de la calle; de acostarme con hombres que me pagan ¿comprendes?, soy una prostituta — lo dice sin llorar sin reír —… Una puta barata de las que se encuentran las esquinas y por una miseria la puede tomar cualquiera, y uno de esos me golpeó.
El viejo está turbado, inmóvil, deseando no haber entendido, con la esperanza absurda de que lo que acaba de oír sea la repetición de un eco perdido. Por fin pestañea. La muchacha acomete de nuevo:
—¿Entendiste? Soy una prostituta — ríe con estrépito —. Apuesto a que nunca has estado con una ¿o si? — sin dejar de reír prosigue —. Siempre lo has hecho con tu mujercita ¿Te gustaría que te consiguiera una de mis amigas? Es joven, muy joven ¿sabes? — para de reír, tiene un ataque de tos, pone la mirada en los ojos del viejo y continúa —… pero le gustan los viejos como tú, dice que le encanta ver como se dan cuenta del tiempo que perdieron, le gusta su aliento de moribundos y sentir que resuellan cerca de su piel ¿eres impotente? Porque, ¿sabes?, esos son con los que verdaderamente goza, se imagina a su padre embrutecido y suplicante. Así que antes de ir con ella te recomiendo que vayas a una cantina y te pongas hasta arriba, como yo ahorita, te vienes a la casa y yo aquí te la tengo lista. Por tu mujercita no te preocupes, ella entiende…
— Ya cállate. No estás en condiciones de hablar — interviene la madre en voz alta, sin gritar.
— ¿Qué me calle dices? — ladea la cabeza sobre el hombro ¿Para qué quieres que me calle? Pregunta. Endereza la cabeza y vuelve a poner la mirada en los ojos del viejo —. ¿Te gusta la idea, verdad? Se que te gustaría estar con una mujer joven que se desvista bailando al ritmo de un bolero, un bolero tropical como el que está soñando allá afuera, bailando como las encueratrices del cine y después te haga un trabajito como nunca lo has soñado; le podrás tocar su cuerpo duro con tus manos temblorosas viejas y sentir que te recorre todo con la boca ¿entendiste?, todo, sin dejar ni una partecita, ni ahí donde alguna vez pensaste que tu mujer te besara. Tiene las piernas mejor que yo ¿te gustan? — se levanta el vestido, pone una pierna sobre la cama y se pasa una mano por los muslos, acariciándose. No quita la vista del viejo; lo ve dejarse caer en una silla, con los brazos caídos, la boca abierta y las palabras atoradas. Baja la pierna de la cama, se acomoda el vestido y emite otra vez el llanto agudo, ahora solo, sin risa — Mira papá, aquí así son las cosas, no es lo mismo que en tu campo, es más, en esta vecindad hay otra putita, tú la conoces, es la muchacha del tres; es mi compañera de esquina. Se que no lo sabías pero lo hice por ayudarte.
— Nos estabamos muriendo de hambre — interviene la madre.
— Eso es viejito, eso es, lo que tu arrimas no alcanza para nada, ni para mal comer — se acerca al viejo y lo toma de la cabeza, lo aprieta contra su vientre, observa sus canas y temblando se va poniendo en cunclillas hasta que su frente queda pegada a la del viejo —. No bajes la vista ¡por favor! —suplica y frota su nariz en la del viejo —. ¿Huelo mal, verdad? No te preocupes, me bañaré y me quitaré todo este maquillaje — sin levantarse, echándose hacia atrás, apoya la espalda en la cama, estira las piernas y queda sentada en el suelo. Tiene fuertemente agarrado al viejo por el pelo que se ve obligado a hincarse para no irse de bruces —. Te diré algo: nunca debiste haber salido del campo, debías haber esperado sentado bajo un árbol a que mi madre fuera a buscarte. Sé que piensas que estoy loca, pero ella te hubiera encontrado, eso ni lo dudes. Fíjate bien: yo habría nacido allá y nunca hubiera estado en una esquina inmunda esperando que alguien viniera a ofrecerme una miseria por pasar un rato caliente — tiene otro ataque de tos —. No te preocupes tanto, me casaré con alguien que venga del campo. Mi madre dice que gozó mucho con tu cuerpo que guardaba residuos de aire fresco, con tu sueño tranquilo y profundo. Esperaré ¿o no?, mejor iré a buscarlo, eso haré. Dime, cuando vivías en el campo a que horas te sentabas bajo los árboles? ¿Te recargabas en su tronco? No me lo digas, déjame adivinarlo: era en los atardeceres, sí sí, así debió ser, de seguro te gustaban los atardeceres bajo los árboles, estirando las piernas como yo ahora: estoy en el campo al atardecer, he encontrado mi amorcito y ya no volveré a la ciudad, aquí me quedaré, debajo de este árbol, allá se quedo la putita, aquí soy la hija de Juan María… mejor de don Juan María, no ves que ya tiene la cabeza llena de canas, es viejo y es don. ¿Sabe usted don Juan María?, quiero casarme con su hija, es una buena mujer y quiero que sea para mí… ¿Pero qué pasó Juan María?, aquí eres viejo y no eres don; viejo y no estás en el campo y ya no puedes volver, te morirías en la primera jornada; viejo y sin tres dedos en una mano y eres mi padre y yo soy una prostituta pintada como un payaso sin circo, una prostituta borracha que se acuesta con borrachos, hace el amor con ellos y los complace sin cerrar los ojos para no correr el riesgo de soñar…¿No lo entiendes verdad? Mejor no hubieras venido jamás, ni por equivocación… El problema es que estás aquí y la única forma de resolver esto es que olvides; olvida el campo y sus atardeceres recargado en el tronco de los árboles, no existe.
Aquí esta tu miseria, tus hijos, estoy yo abrazándote. La ciudad es grande y se traga todo, no dejara nada de mi vergüenza ni de tu dolor, lo único que haces es olvidar, no pensar…
Las manos se aflojan y resbalan por los hombros del viejo. La muchacha descansa la cabeza en el colchón y sentada en el suelo, se duerme.
— ¿Por qué no me habías dicho nada? — pregunta el viejo al tiempo que se quita de encima las manos de la muchacha.
— ¿Para que querías que te dijera? No lo hubieras remediado.
— ¿Qué no? Siempre he dado lo suficiente.
— ¿Lo suficiente? — se pregunta la mujer — ¿dices lo suficiente? —ahora la pregunta es para el viejo que ya se encuentra de pie.
— No nos hemos muerto de hambre — replica el viejo.
— Porque los muchachos trabajan en vez de ir a la escuela ¿Qué querías que hiciéramos ahora que unos están casados y otro está en la cárcel?
— Hubiera buscado otro trabajo de día…
— ¿ Dónde? –ataja la mujer- Así de viejo y lisiado no sirves mas que para velador ¡Date de santos que no te han corrido! Ya sabes que los viejos no encuentran trabajo en ningún lado.
— ¿Soy tan viejo? — pregunta y examina detenidamente sus brazos, sus piernas. Se pasa una mano por la frente rugosa, palpando cada arruga con la yema de los dedos —. Me falta muy poco para ser anciano— se contesta—. No me había dado cuenta.
— Somos viejos— dice la mujer consolándolo—. Los años no perdonan.
— Quisiera volver al campo— dice el viejo. Su voz delata impotencia.
— ¿A qué? Ya oíste a Esther: morirás en la primera jornada. Ayúdame a ponerla en la cama pide la mujer y sujeta a la muchacha por las axilas— levántale los pies… así… cúbrela con la colcha.
— ¿Entonces que debo hacer?
— Lo que dijo tu hija: olvidar.
— No puedo.
— ¿Por qué?
— Por los recuerdos.
— No pienses en el campo.
— ¿Y mi nostalgia?
— ¿Tu nostalgia?...¿Y como es tu nostalgia?
— Vieja… mil veces más vieja que tú y yo juntos.
— ¿Tan vieja y no ha muerto? —exclama la mujer.
— ¿Qué dices?
— Nada nuevo. Que todo se muere de viejo.
— Pues ésta envejece años diariamente y no muere.
— ¿Y como sabes qué tanto envejece? —pregunta la mujer.
— Porque la siento… y cada vez pesa más y más —argumenta el viejo —. Es raro, siempre despierta en el mismo lugar — Habla pausadamente, como cuando se van ordenando recuerdos —,.. y de ahí en adelante envejece hasta la puerta — lo último no lo dice para nadie, ni para él.
— ¿Y por qué no la haces que muera de vieja? Se acabaría el problema— sugiere la mujer con ironía y se da a la tarea de sacudir los escasos muebles de la habitación.
— Eso haré — dice el viejo.
— ¡Claro! — exclama la mujer burlándose- ¿Crees que puedas hacerlo hoy mismo? No te olvides que mañana iremos al cine.
— ¿Estás segura que si logro que la nostalgia muera no me importaría lo de la muchacha?
— Segura no. Segurísima — dice la mujer a punto de soltar la carcajada.
Juan María no espera más, sale de la vivienda, de la vecindad, da la vuelta a la manzana y antes de doblar la esquina, experimenta una especie de placer, traga saliva y camina despacio, sintiendo como la nostalgia despierta, se detiene un instante para asegurarse que es la misma y luego recorre con una lentitud pasmosa el tramo hasta la puerta de la vecindad, pensando en el campo, campo, campo, puerta, vuelta a la manzana con nostalgia dormida doblar la esquina nostalgia cada vez más vieja y pesada mediodía tarde Juan María demacrado dobla la esquina, oye estertores y sonríe o lo intenta y el intento es una mueca grotesca, desencajada, casi cadavérica; se tiene que apoyar en la puerta de la vecindad. Ya ven, lo logré, se está muriendo. ¿Qué has hecho Juan María?; apóyate en mí Papá, aquí estoy, sin maquillaje y bañada para que me vuelvas a querer. Tenías razón mujer, se está muriendo. Se deja conducir hacia el interior de la vivienda, lo acuestan sobre la cama y ve el caballo con su galope agónico emerger de las manchas de la pared, se encabrita, echa la crin al viento y se evapora relinchando y su relinchido es un preludio de muerte que penetra por cada poro de la piel y por los ojos y por los oídos y por cada pelo y por las uñas; se respira y huele a muerte, se traga y se sabe a muerte; queda el sueño casi olvidado, un sueño de su primera juventud, ahora tan vivo, tan asustado, que prefiere seguir la suerte del caballo. El viejo llora sin saber porqué; ya no piensa en el campo, ahora piensa en los edificios, en las calles sin final recortadas en la lejanía por su inevitable unión, por última vez en su nostalgia acabada de morir; o llora por haber sabido hasta el final que las nostalgias anidan en el corazón y que antes de morir lo revientan sin permitir otra cosa que imágenes fugaces; después queda una pena honda, sin fondo, o tal vez con una de agujas, o de sangre saliendo a borbotones del centro de la tierra e irse sin rumbo, como río errante a conocer su cuenca entristecida, sus riberas desiertas, sin carrizos, que voltean a ver el cielo y pájaros en parvadas volando azul… se pierden. El río ¿corriendo o durmiendo? En el crepúsculo se desboca, lo reconoce como destino y va tras él… está el mar de pormedio; queda atrapado; y antes de dejar de ser río, tiene la sensación de ser una mariposa desalada, sin vuelo posible, sólo imaginario, en alas amarillas de mariposas nocturnas que agitan la luz desvaída de luna… la mariposa muere soñando, el río se pierde en el mar, el viejo se enfría.

Pinto